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LA MUJER DE LOS PERROS

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En una esquina de la ciudad, en cualquier cruce de calles –hora, fecha, clima, son lo de menos– está la mujer de los perros. Cuerpo delgado, cabello gris hasta la media espalda, ojos pequeños. Ropa de días y semanas, suéter en verde gastado, zapatos que sugieren más de dos años. Nadie podríamos hablar de su edad. Hay tardes en que parece una anciana, amaneceres en los que es una niña. Ahora, por ejemplo, se ve como de cuarenta y cinco inviernos. Y se habla –sin tener la mínima evidencia– con tal certeza de su edad, por ser hoy, uno de los últimos días de diciembre y según la alegría y alborozo como la festejan sus compañeros, uno podría asegurar que hoy es su cumpleaños. La rodean, no dos ni tres, sino un buen número de cachorros y viejos especímenes perrunos. No una jauría, no son agresivos. Numerosos sí, y no obstante mansos. Por ahora, imagine cada quien el número que estas letras y el espíritu que las mueve le sugieran. 

En cualquier cruce de calles la podemos ver. Se sienta en un banquito de madera portátil y alrededor de ella, caminan, se echan, se sientan, sus perros. Se dice sus perros, porque en lo que amamos, damos por hecho un sentido de pertenencia. Pero los animales son libres, quizás el único animal que no es libre es el hombre. El hombre, que nunca podrá sustentar el título de: el mejor amigo del hombre. Se acomoda la mujer en su banquito portátil. Los caninos le rodean. Domesticados, andan a su alrededor. Husmean aquí, comen algo allá. Se acercan. Se alejan. Ella les acaricia, con ternura de abuela septuagenaria, la cabeza, el lomo, las patas. Los animales dormitan sobre sus piernas, a momentos cierran los ojos y pareciera que sueñan. Debe ser un sueño que les hace muy bien, porque frotan cabeza y pescuezo en las faldas de la mujer. 

Los transeúntes pasan, la mayoría miran sin ver, o ven sin mirar, que para el caso es lo mismo. Otros, los menos, se comen la imagen con los ojos. Un niño en edad escolar, cuerpo menudo, pelo rizado, diez años tal vez, se acerca. Algo dice, algo que nos es negado escuchar, ya que quien describe la escena, es testigo a distancia. O en imaginación, quién lo sabe. Sin embargo, podemos ver que, luego del intercambio de algunas palabras, el niño se pone en cuclillas, acaricia con la palma de su mano izquierda, primero a los animales pequeños, después a los más grandes, mientras no deja de mirar a los ojos de la mujer. Luego de breves minutos, los padres le llaman, le urgen, según se puede inferir de sus ademanes, irse de ahí para seguir el camino a donde van. 

Quizá se debe a su condición de mujer sola, de ser humano inmerso en lo que se podría llamar el infierno en la tierra en referencia a ese estado permanente en ella: la soledad. Esto, por sí solo, podría ser la explicación de la costumbre que por años de años, ella sigue viviendo como el primer día en que se decidió y lo hizo. Gracias a las letras y a su ductilidad para ir acomodándolas de tal o cual manera, se nos concede el recurso de atisbar en el pasado de quienes se escribe. Veamos pues los recuerdos de esta mujer: Siendo todavía una adolescente –doce, trece años tal vez– cuando se dio cuenta de las indecibles penurias económicas y existenciales en las que vivía –madre ausente, padre alcohólico, pobreza extrema– una tarde, sin que nadie lo notara, se fue de su casa. Salió a pie. Caminó sin rumbo. Apenas avanzó diez, veinte pasos, observó que, muy de cerca, tres perros le seguían. 

Dos hechos marcaron su futuro, o para decirlo en otras palabras, la trajeron hasta aquí: el que ni padre ni madre hayan ido a buscarla, a recorrer calles vecinas, alejadas, ir a hospitales, centros de policía, y abrazarla y decirle hija dónde andas, vuelve a casa, te amo; y la sensación plena de ser bienvenida y recibir cobijo, que los tres primeros perros le ofrecieron sin usura y sin medida. Luego, con el paso de los meses, se le acercaron, con buenas y peores intenciones, algunos hombres. Jóvenes, maduros, viejos. Y tuvo amoríos transitorios. Relaciones que mucho y poco tenían de íntimas. Encuentros eróticos entre hombre y mujer, eso fue verdad, pero que sucedieron casi a la intemperie, debajo de algún puente o recargados en una barda. No se sabe hasta qué punto podrían llamarse relaciones íntimas. Por suerte, o por desgracia, vaya uno a saber, nunca se encontró con la experiencia de un embarazo. Y en la medida en que le fue ganando edad al tiempo, se fue alejando de los hombres y acercándose a los perros.

Se convirtió en habitante de las calles, huésped con dormitorio incluido, de las partes bajas de los puentes; trabajadora especializada en limpiar parabrisas en cruceros transitados. Pero ya fuera de una o de otra manera, andando en la periferia o en el centro de la ciudad, siempre era seguida por un buen número de perros. Al principio le pareció un hecho sin mayor gracia y no le concedió la menor importancia. No era más que algo circunstancial, pensó. No obstante con el paso  de los meses, los años, fue siendo evidente el cada vez mayor número de animales que se sumaban a sus pasos. Andaría en los dieciséis cuando los perros, incluso, ya dormían con ella bajo los puentes o sobre cartones cerca de la vía del tren. Por alguna extraña razón, nunca les obligó a que se fueran.

Sin embargo, no fue sino hasta que sufrió la primera pérdida, cuando supo lo que significaba querer a un perro. Amar, en el sentido más simple, y por lo tanto más sublime, de la palabra. Fue El Pinto, uno de los de mayor edad. Una mañana de agosto, calurosa en extremo, amaneció tirado a la orilla del río. Inmóvil, frío. Cuando ella despertó, el entorno del puente le pareció muy agrisado y todos los perros, tristes. Se acercó al animal inerte. Le habló por su nombre, quiso despertarlo. Pero no. Se había dormido para siempre. A ella le vino un golpe de piedra en la nuca, en el vientre, que no le permitía pensar. Se echó a llorar con el desconsuelo de una preescolar sola en medio de la noche. La rescataron los aullidos de los otros perros. Un coro que descarapelaba las paredes del puente y nubló las luces del día. Ella anduvo días de días con una melancolía devastadora. 

Cualquiera diría que fue coincidencia, pero desde la muerte de El Pinto, se le empezaron a unir cada vez más y más perros. Hubo días en que la fila de animales por la banqueta, abarcaban tres cuadras. Porque también les había enseñado a caminar sólo por la banqueta, como precaución por aquello de los autos y conductores neuróticos, que, por cierto, en la ciudad también abundan. Desde entonces ha variado número, raza, edad, ladrido, pelambre, estirpe, y todas las características de cada animal; los hay bravos y bobos, parcos y amorosos, lentos y saltarines, insomnes y dormilones; pero lo que nunca faltó fue el ánimo de andar en montón, ser muchos, y caminar tras ella. Y rodearla cuando la veían sentada en su banquito en la esquina del un crucero transitado, o a la hora de dormir sobre el camastro de cartones bajo un puente.

A veces, cuando la veo que pasa, cuerpo menudo, pelos largos, paso lento, seguida por un largo, largo, desfile de animales, me vienen unas ganas locas de ser perro

Aquí, en el crucero de las calles céntricas, llega la tarde. A lo lejos, como quien puede predecir un aguacero, se ve que viene la noche. Se pone de pie la mujer. Dobla su banquito, lo carga bajo el brazo y empieza a caminar. Lleva un paso pausado, se aleja por la banqueta de la Avenida. Tras ella, también andando con parsimonia, le sigue el nutrido grupo de animales. En fila, siempre en fila. Se alejan como quien se adentra en la oscura caverna del horizonte. Es una mujer. Nadie sabemos su nombre, el origen, la edad. Se dice que su domicilio es la calle, su comida la que encuentre. Hay días en que va risueña, tardes en que nunca llora. Hay noches en que no se sabe si camina o vuela. Es ella, la mujer de los perros.

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