Por ALICIA CABALLERO GALINDO

Don Perfecto Tremolina se encontraba en su tendajo, se mecía en su sillón de palma, mientras sus lentes le bailaban en la punta de su gruesa y sudorosa nariz; eran monofocales y sólo los usaba para leer. Casi siempre estaba sentado en la puerta del negocio mientras su único empleado, Atenógenes, dormitaba como yegua lechera tras el mostrador; de vez en cuando se “volaba” pastillas de menta y las chupaba para despertar, porque tenía un trabajo de noche y por las tardes, después de la comida, entraba para ayudar a don Perfecto; a esas horas había poca gente y a él, ¡lo agarraba un sueño!… que si se descuidaba, se quedaba dormido recargado en cualquier rincón, en cambio su patrón, con un ojo al gato y oro al garabato, esperaba a esas horas con ansia que pasaran las hermanitas Malacara que, haciendo honor a su nombre eran poco agraciadas porque sus rostros distaban mucho de ser bellos, en contraste con sus cuerpos que eran… voluptuosos de verdad, esbeltos y bien formados; cintura pequeña, talle estilizado, largas piernas que generosamente mostraban, el calor y su trabajo las orillaba a usar diminutas faldas que no dejaban mucho a la imaginación. Los libidinosos ojos de Don Perfecto brillaban cuando las veía pasar; se rascaba con delicia el cogote y sonreía con malicia. “Soñaba” que algún día le pasaran cerca y alcanzar por lo menos a tocarlas… suspiró con delicia y pensó “solo sueños”.

Ellas moviendo rítmicamente su trasero al caminar, sabedoras de sus dones, le pasaban cerquita para hacerlo desatinar, les decía una sarta de obscenidades irrepetibles que a ellas les divertía, luego, las saludaba con una sonrisa de oreja a oreja y ellas, gozaban viéndolo pasarse la lengua por los labios antes de saludarlas, como si las estuviera sabroseando. Pascacia y Marila, trabajaban en la cantina de la colonia que abría a las cuatro de la tarde; ellas tenían que llegar temprano porque hacían el aseo y después se ponían guapas para servir las mesas. ¡Bueno! Lo de ponerse guapas… lo bueno era que los parroquianos no eran muy exigentes, porque no alanzaban a verles el rostro por mucho rato, sólo les interesaba verles…lo que alcanzaban desde sus sillas, y ya encervezados, menos les importaba levantar la cabeza. Las chicas llevaban en la cintura un matamoscas atorado en delantal para defenderse de los manotazos mal intencionados. Más de uno había salido de la cantina con un cachete o una mano cuadriculada por el eficaz sistema de defensa. El reto para los tomadores, era alcanzar a tocarlas y librarse del matamoscas de las chicas.

Doña Panuncia, esposa de don Perfecto, que era una matrona robusta, que en algún momento de su vida fue bella, pero se llenó de hijos y fue perdiendo su glamour y su figura, porque le tupía al taco con fe y con amor, además, le encantaban los dulces cubiertos de camote y calabaza que todos los días le dejaba en la puerta de su casa Filemón, el dulcero, que alguna vez, en sus años mozos, “le echó los perros”. Un día, el muy atrevido quiso robarle un beso, pero ella, lo rechazó y el dulcero, al sentirse desairado, le dijo despechado:

-Tú tan fufurufa y digna y no te das cuenta que Perfecto, todos los días se le van los ojos con las cantineras y por las tardes, se escapa a la cantina y ahí bien que les soba las piernas cuando le sirven sus cervezas.

El enojo de Filemón lo había orillado a decir mentiras, pero… ¡ya estaba hecho! Pensó rápido y decidió llevarse a Perfecto esa misma tarde a la cantina.

Se fue directo al tendajo; como las chicas acababan de pasar, al viejo le pareció buena idea verlas en su trabajo, en su ambiente, tal vez ahí las podría tocar sin problemas. Se quitó los lentes, se lavó la cara y el corazón le daba vuelcos en el pecho por la emoción. Se bañó literalmente de la loción barata que usaba y le dijo a Atenógenes que dormitaba aún en el mostrador:

-¡Despabílate muchacho! Voy a salir con Filemón, te encargo su canasto de dulces. ¡Ni se te ocurra comerte uno! Los tiene contados.

Atenógenes sacude la murria, se retira un mechón de cabello que cae sobre su frente y se echa a la boca, una pastilla de menta para activarse, pocas veces lo dejaba solo el patrón. Trataría de hacerlo bien y no dormirse. Perfecto, se apretó el cinto para disimular la lonja y fue peor, porque parecía un guaje, con la panza dividida, pero él se sentía radiante porque vería en acción a las chicas. Filemón, esbozaba una malévola sonrisa de complicidad.

Dejando una estela de perfume salió Perfecto diciendo simplemente.

-Al rato vengo, te encargo el changarro.

Cuando llegan a la cantina, Filemón pide dos cervezas en la barra esperando que se las lleven las muchachas, se sientan en una mesa, y esperan, había pocos parroquianos a esas horas. En unos minutos se acerca Pascacia muy salerosa con las dos cervezas en una charola; al inclinarse a la mesa para dejarlas, deja ver generosamente por su escote, muy bajo por cierto, unos senos jóvenes y grandes. Perfecto, casi se desmaya de emoción y estira disimuladamente el pescuezo con ojos de borrego a medio morir tratando de acercarse lo más posible al escote de la chica, pero ella, que ya se sabe esos juegos, ante que la actitud libidinosa del viejo, ¡sópatelas! Un golpe certero de su matamoscas que le dejó cuadriculado un cachete… Filemón contuvo la risa. No hubo comentarios. Cuando el dulcero terminó su cerveza, se acordó que le faltaban mucho dulces por vender y en la plaza encontraría niños y señoras que van a misa, se levantó, pagó su cerveza y se fue. Perfecto decidió quedarse otro rato, pensó que si se acercaba Marila sería más fácil tocarle las piernas, era un sueño para él.

Mientras tanto, Panuncia a sus sesenta y tantos años, ya no le interesaba eso del amor y consideraba que Perfecto, su esposo estaba igual, por eso, el comentario de Filemón le cayó como un balde de agua fría. Empequeñeció los ojos y entró a la casa después del intento fallido de Filemón, sin decir nada, pero su mente empezó a trabajar con rapidez, ella por decencia no aceptaba los galanteos del dulcero, en cambio su marido … -¡Eso no se va quedar así!- Pensó,- lo voy a agarrar en la movida ¡y ya verá!-y como no acostumbra quedarse con dudas; decide enfrentarlo, se pinta la boca, se recoge el pelo en un chongo y sale a la calle dispuesta a hablar con él.

Al llegar a la tienda, se encuentra con la sorpresa que no está Perfecto y percibe un fuerte olor a la loción que usa y Atenógenes, le dice que salió con Filemón, iban a tomarse una cerveza, dijo que en un rato volvía.

Con un coraje entripado, que le hacía echar lumbre por los ojos, Panuncia, sale del tendajo con un mango de escoba en la mano, ante el estupor de Atenógenes que hasta el sueño se le espantó. La mujer se encamina con paso firme a la cantina lleva la firme intención de darle un escarmiento a ese viejo rabo verde de su esposo. Se sorprende al ver que lo sacan a empujones de la cantina y al estar cerca, se da cuenta, que en un cachete y las manos, se le pintan cuadrículas rojas que se le están inflamando cada vez más. Perfecto no salía del estupor, cuando se encuentra frente a frente con su mujer quien lo recibe con un garrotazo en el lomo y así se lo lleva hasta la tienda, que se encuentra sólo a dos cuadras y le anuncia:

-Desde mañana, estaré contigo por las tardes para que no se te ocurra otra vez hacer pe%$#jadas.

Filemón perdió a su cliente estrella y Perfecto, no alcanzó sus sueños y se resignó a su suerte.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí