CARLOS ACOSTA

 

Estas palabras se alzan ante mí por encima de las reglas.

No buscan apoyo en ningún ejemplo.

Mi creencia es fuerte, ciega y sin fundamento.

 

Wislawa Szymborska

 

 

No tengo ambiciones ni deseos.

Ser poeta no es mi ambición.

Es mi manera de estar solo.

 

FernandoPessoa

 

 

1

Abrí los ojos temprano, antes que el amanecer. Tenía una ilusión: leer poemas en público. Un hecho en apariencia trivial. Entré a la lluvia de la regadera pensando en cuáles textos llevaría. Ya en el trabajo, en cuanto tuve tiempo libre, repasé la lectura en voz baja. Entraña un especial placer, repasar con la mirada y pronunciar para sí mismo las letras que proceden de un lugar propio y que no obstante tú mismo desconoces. Me dio el tiempo para leerlo y volver a hacerlo tres o cuatro veces. Tomé un vaso de agua. Aclaré la garganta. Chequé el tiempo de duración de la lectura, el ritmo de los textos, la cadencia de la voz luego del orden en que los había acomodado. Cambié dos veces el que leería primero; el que iría al final no tenía rival que le hiciera sombra. Miré el reloj cada hora, o un poco antes, queriendo que el tiempo pasara rápido. Es el XIII Festival Internacional Palabra en el mundo, que hoy se presenta en nuestra ciudad. Y al cual, se ha tenido la deferencia de invitarme.

2

Leer poesía para jóvenes conlleva cierto encanto, sin embargo, no exento de riesgo. El público son muchachas y muchachos, alrededor de los diecisiete años, juguetones, risueños –entre ellos, desde luego–, despertando a una realidad que no ha dependido de ellos para su creación y que, aun cuando no lo quieran, deben vivir: ahí radica cierta candidez, aunque a ellos no les guste tal afirmación, porque ya se sientes adultos. Bah, si supieran que más temprano que tarde les decepcionará la edad adulta. Y sin embargo ellos mismos, ellas, la mayoría, quizás todos, no podría asegurarlo, han abierto los ojos antes de tiempo y la durísima cotidianidad les golpea todas las mañanas y las noches. Están cubiertos, poro a poro, sin exagerar, de información que no siempre es la mejor para el espíritu. Así las cosas, ya son un tanto ariscos. Si a ello agregamos que todo joven por naturaleza trata de ser sin saber qué es lo que es, sabremos el por qué de la afirmación del primer renglón de este párrafo.

3

Fui el tercero en leer. Siete palabras resultaron suficientes para presentarme. Otras siete para referir lo que enseguida leería. He adquirido una costumbre, no sé de quién la aprendí, a quién se la robé. No recuerdo si nació de manera espontánea. Consiste en hacer un silencio de diez o quince segundos antes de empezar a leer el primer poema. No siempre me habita ésta muy sana costumbre. Uso la palabra sana, porque, cuando experimento esos breves instantes de, digamos pre–lectura, siento que la aventura empieza de buena manera. Aventura, así percibo estar al frente de un grupo de jóvenes para decir en voz alta lo que escribí en solitario.

4

Miré a los ojos de los asistentes que estaban en las primeras filas. A pesar de lo juguetón y ruidoso que uno pudiera ser, a cualquier edad, lleva algo inusual que un lector de poemas te vea a los ojos en medio de un silencio propiciado, con toda intención, por él mismo. Y ellos no fueron la excepción, se turbaron un poco. Sólo un poco, no es para tanto el poder de mi silencio. Miré a los ojos de dos muchachos y dos muchachas. En los cuatro resultó el mismo efecto. Luego exploré dos o tres segundos, como si la mirada fuese un pequeño avión que planeara sobre las cabezas de los alumnos. Supe entonces que ya podía empezar a leer.

5

Inicié con algo que vino a las yemas de los dedos, y de ahí al cuaderno, hace apenas dos semanas. Es un riesgo leer lo reciente, lo sé. Pero usualmente uno está enamorado de lo último que escribió. Hay textos para siempre, que vas a leer toda la vida, eso también es cierto, pero aquí se trataba de una breve lectura. Así que, aun a sabiendas de lo riesgoso que es leer leras recién escritas, tomé la tentativa. El primer texto a leer fue aquel que dice: No he venido a conquistar ciudad alguna/ ni a contradecir los designios del azar. Leí con voz potente –aclaro: lo potente que puede ser una voz que tiende a la disfonía– con el propósito de cubrir el murmullo incipiente que a momentos parecía crecer. Terminé diciendo: Levanto la voz/ en nombre de lo innombrable/ Amo el canto/ su silencio/ y el anonimato. Nadie aplaudió.

6

Leeré un texto dedicado a Guillermina Gómez Martínez, anuncié. Y sin decir más, las palabras brotaron al ritmo que lo escrito permite y reclama. Guille:/ Desconozco los secretos de la luna/ No aprendí todavía la lectura de la palma de la mano/ Nada tengo que ver con los horóscopos/ Y por más que miro al cielo/ no he sabido descifrar el curso de los astros/ Aunque soy nieto de una mujer que adivinaba el futuro/ no heredé el don de interpretar los sueños. Levanté la vista. Había un silencio casi absoluto, sólo escindido por una alumna que dio unos tragos de agua de la botella que alguien le pasó. Seguí en la lectura. Unos renglones más y unas miradas a los ojos, de otros y otras oyentes. Vi caras asombradas, ojos de parpadeos varios, sonrisas disimuladas. La emoción tomó por asalto a la voz y a los brazos y a los ojos y a los labios que leían. La emoción vino de ellos, de ellas, entró por los poros del lector, le anduvo en la sangre y regresó, de nuevo. Relativamente largo el poema, terminó: Qué podría decirte/ (…)/ Ama y olvida/ Y nunca/ nunca/ nunca/ Guille/ nunca te mueras. Silencio absoluto. Nadie aplaudió.

7

El siguiente es un ramo de flores de amistad, dije para presentar el siguiente texto. Fue escrito hace apenas siete días, esto no lo externé en voz alta, lo recordé en breves segundos y otra vez vino la incertidumbre de leer algo no sólo inédito sino muy reciente. Aún así, había una razón, a título personal, muy importante para hacerlo. Así que, sin dejar de mirar pupilas jovencísimas –había muchas, quizás ciento veinte, cada uno de los asistentes tiene un par– otra vez la voz empezó a escucharse. Inicié: No imagines murciélagos encarcelados/ goteras de amargura/ polvaredas de miedo/ Este horizonte silencioso/ que parece desierto/ en algún lugar de sí/ guara un oasis/ Ése es su secreto. Noté en el tono de la lectura aquella cadencia que varios compañeros, en general, y Esperanza, mi mujer, en particular, han señalado: cuando lees poemas de voz alta, parece que estás rezando. Y esa observación que pareciera ser un juicio, no sé si crítico, he tenido el acierto de verlo como una gentileza: así es, contesto a tal observación, cuando leo poemas en voz alta es como si estuviera haciendo una oración introspectiva –de hecho lo es– porque la poesía es mi religión. Como el que leía ahora es un texto muy breve, en seguida leí la segunda parte: En él puedes beber agua de luz/ que sin embargo/ no saciará la sed/ para que un día/ –mañana/ en un año/ después–/ tú pudieras volver. Para entonces percibí el silencio de manera casi avasalladora. Y no, nadie aplaudió.

8

Terminaré con un poema de amor, que por supuesto es cursi. Sonreí un poco. Se relajó por instantes el silencio. Algunos chicos, algunas chicas, rieron un poco más libres. Se trata de lo que un hombre de sesenta años –mentí, rebaso la edad– puede escribirle a su mujer. Parece que esta observación también causó hilaridad en los estudiantes. Y empecé sin más: Quién fuera naranja zocata/ para que me compraras por kilos/ y comieras a gajos. Sonreí en cada renglón y sonrieron, al parecer de buena gana, varias chicas, los chicos menos. Siguió el relato de lo que un hombre quisiera convertirse para que la mujer lo traiga en sus ojos y en los labios. Quién fuera música de Donna Sumer/ Ángeles negros/ Elis Regina/ Quién café expreso/ palomitas de maíz/ para andar entre tus labios/ y el recuerdo. También es un texto inédito aunque no tan nuevo. Pero, como los anteriores, era la primera vez que lo leía. La lectura sucedió ligera, no rápida sino ligera. Para entonces la sensación de estar en una atmósfera poética en la que lector y escuchas sintonizaban la misma frecuencia emocional me invadió por completo.

9

No se escribe, y menos se lee en público, para impresionar a nadie. No es mi caso. Uno escribe y luego, si es posible, lee en voz alta, por necesidades más sustanciales que, por ejemplo, el ego. También el ego es bueno, dice entusiasmado un amigo. No le contradigo, soy partidario del respeto. No obstante, pienso distinto. El poeta lee por necesidades ligadas a rasgos existenciales, a exigencias interiores que muchas veces ni él mismo puede explicar. Antes de terminar los últimos versos del texto último, el silencio ya nos había rebasado con mucho, y yo, por lo menos ya no sabía qué hacer con él. Había en las palabras, sonrisas intercaladas, miradas que parecían decir algo, ansiedad por ver a qué horas terminaría. Estos son los últimos renglones: (Quién fuera…) / Edecán en traje sastre/ en súper tiendas de blusas/ zapatos/ ropas de moda/ para andar/ sin impaciencia/ en tu pupila/ a toda hora. Mientras se pronunciaban los dos últimos versos miré a los ojos de la mayoría de los asistentes, casi a todos, con la sonrisa de ser lo que uno siempre quiso ser. Fue así que sucedió el término a la lectura.

10

Y entonces sí, la olla presto explotó y dejó escapar de golpe toda la presión, emoción, alegría, qué sé yo, comprimida. Estalló en aplauso que, para decirlo de una vez, me despertó del estado de oración en que me encontraba. El aplauso se alargó un poco, no mucho, pero lo suficiente para que se agradeciera por parte del lector con dos o tres breves reverencias hacia los estudiantes. Sé bien que nadie, en su momento ni después, lo percibió ni percibirá, de la manera como aquí se relata. Es la gran ventaja de tener cada uno los propios ojos, los propios oídos. Y sobre todo, las propias emociones.

11

La lectura fue parte de un grupo de lecturas y, desde luego, lectores. Todos ellos, ellas, con la convicción de que las letras, en especial el poema, es potencial generador de una de las asignaturas más altas y por siglos de los siglos pendientes que tiene el ser humano para consigo: La Paz. No hago mención de sus nombres o lecturas, porque sé que, a su vez, ellos, ellas, tendrán a bien hacer su propio relato. Y quizás también lo publiquen. Nada me gustaría más que leerlos. Así será, lo creo. Ellos, ellas, que andan en estos trotes convencidos que la convivencia en armonía social sólo deviene desde una comunidad sensible. Y el poema en especial, las artes en general, que tienen la fuerza para hacerlo posible, aún están en deuda consigo mismas y con su especie creadora: la humanidad. O quizás la humanidad esté en deuda con la poesía.

12

Después de otras lecturas, de amigos y compañeros, salimos al patio de la escuela para plantar el Árbol de la Paz y la Esperanza, que es parte del protocolo del movimiento del Festival. Algunos alumnos se entusiasman. Son pasaditas las dos de la tarde. El sol cae a plomo. La temperatura ambiente es de 39oC con sensación térmica de 43. El personal del COBAT ha decidido plantar un mango. Es un mango niño, pequeña  planta de, tal vez, cuarenta centímetros de altura. Se pone agua en el hoyo previamente hecho. Se planta el mango. Los estudiantes, los maestros, los poetas, le echan tierra y agua. Ahí van sus propósitos reales por una sociedad donde la paz sea el pan nuestro de todos los días y todas las noches. Luego toman las fotografías. Yo debo retirarme. Una llamada telefónica me requiere. Me despido de manera breve. Ya en el auto sigo en reflexión. Hace tres años, cuando asistí a la décima lectura de Palabra en el mundo, aquella vez publiqué algo que ahora volvería a suscribir: si un día, mis hijos o mis nietos preguntarán, ¿y tú qué hiciste cuando el mundo se desmoronaba?, diré con voz clara y plena en convicción: leí poemas y planté árboles…

 

 

 

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