ALBERTO FERNÁNDEZ

1

Papá nos había dicho claramente, no abran la puerta hasta el día del juicio final. Hacía dos semanas que se había ido, primero él y detrás mamá hace una semana. Tom y yo nos quedamos solos. Había víveres de sobra en la alacena metalizada pegada a la pared por lo que hemos podido sobrevivir este tiempo.  Nos encontrábamos en el sótano del sótano, un lugar más profundo al que papá nos había dicho claramente muchas veces que no entrásemos a menos que el fin del mundo llegase, siempre utilizando de manera intrépida su sentido del humor.

En aquel entonces desconocía el significado de aquellas palabras.

Cuando éramos más pequeños Papá nos leía un poco de la biblia, se sentaba todas las noches al lado de nuestras camas, rezábamos juntos y posteriormente nos recitaba un pasaje.

Siempre era algo optimista para dormir pues no quería que tuviésemos pesadillas, y nosotros como los pequeños inocentes sentíamos la protección de aquel ser divino al que tanto venerábamos todos juntos.

Los domingos nos sentábamos una hora a escuchar al sacerdote hablarnos sobre la palabra de dios por medio de la biblia, e igual que mi padre, nos daba la mejor parte de este libro sagrado, Pero, ¿Por qué nunca nos hablaron del último pasaje, aquel llamado apocalipsis? Ahora estábamos rodeado de ello, según mí, ahora desaparecida, madre y Tom.

Todo comenzó hace tres semanas supongo, el tiempo pasa de una manera diferente cuando te encuentras encerrado. Un extraño hombre se presentó de manera sorpresiva en una reunión de las naciones unidas, en la que se tocarían los temas actuales y las tensiones entre naciones, especialmente con el uso casi desmedido de pruebas nucleares en el mar y las guerras de medio oriente usando armas químicas.

Este hombre vestía una túnica blanca y tenía una gran barba del mismo color. Los reporteros dijeron que aún con toda la seguridad y cámaras nadie había visto cómo dicho hombre se adentró al inmueble. Lo tétrico de aquel suceso es que ningún mandatario hizo ademán de interrumpir su lento caminar entre el estrado. Todos parecían encontrarse en trance.

La atmosfera se había tornado lo bastante densa como para que alguien siquiera moviese un  solo musculo. Su paso era lento, pesado y muchos afirman que incluso, parecía flotar levemente.

Caminó delante de las cámaras de televisión que en ese momento mostraban al aire aquella reunión, era la era digital, y la honestidad se había convertido en un indispensable requerimiento de los líderes. Basta de secretos habían dicho los rebeldes años atrás, basta de patrañas y basta de mentiras auspiciaron aquellos que murieron en el fuego de la guerra para llegar a donde estábamos ahora.

Aquel hombre bizarro habló en un idioma extraño, casi inentendible para el oído humano, parecía una lengua antigua, o peor aún, una lengua muerta como decían aquellos escépticos y medio locos arqueólogos que basan sus teorías cuasi-estupidas (inventé esa palabra hace dos veranos cuando jugaba con Daniel Solibook a combinar palabras que tuviesen algo de sentido pero que no existiesen en ningún diccionario) en puras patrañas conspiranoicas. Y mientras hablaba con aquella espeluznante voz barítona, sobre una de sus manos sostenía siete pequeños y brillosos artefactos, y en la otra mano un pergamino el cual no abrió.

Todos en la audiencia sabíamos algo. Quizá no en esos momentos, y quizá no con esas personas, aquel hombre se volvería a hacer notar… De una manera que no imaginábamos pues estábamos absortos ante aquella inconcebible situación.

Después de su breve y críptico mensaje entrego los siete brillantes objetos, eran una clase de orbe que no paraba de emitir una luz plateada, parecían hechas de un radiante mercurio.

Se las entregó a las siete potencias mundiales actuales y sin más, se fue por una de las puertas principales. Nadie movió un solo dedo salvo aquellos líderes a quienes les fueron entregados aquellos extraños objetos. Y sin embargo estos estaban tan absortos como toda la audiencia.

Y como todo el mundo que miraba por televisión e internet.

Siete días después una de aquellas naciones lanzaría el que llamamos “primer gran ka boom” y entonces estallaría lo que papá denominó como la última gran guerra, la tercera es la vencida siempre me decía Tom, y papá decía que aquella también era la tercera guerra mundial. ¿Entonces era la guerra “vencida”?

Lo que sucedió en consecuencia de haberse lanzado el primer, segundo y tercer gran ka boom papá lo nombró como la llegada de los jinetes. Era una forma elegante y pavorosa de llamar a cada bomba.

Más tarde de que el primer jinete llegase por medio de otra de las siete grandes naciones, se proclamó la “victoria” y por ese brevísimo instante de tranquilidad fue cuando papá salió en busca de señal para su celular. Pero mamá jamás estuvo segura, decía que solo era el ojo de huracán. Nos dijo que quizá no regresase, y si ese era el caso no deberíamos abrir la puerta.

Por nada del mundo, nada.

Mis padres se habían conocido dos años antes de mi nacimiento. Papá era un locutor de radio y mamá era periodista, una pareja bastante extraña. Pero eran felices a su manera. Y como familia lo éramos. Ahora esos instantes de felicidad pasaban delante de nuestras narices como simples reflejos de un pasado que ya no volvería.

A mamá le tocó cubrir varias de las noticias que acontecían en torno a los acontecimientos previos al primer gran ka boom. Cuando llegaba a casa y era hora de convertir en letras aquellas experiencias propias y ajenas sobre lo que sucedió en las naciones unidas, nos contaba como cada líder mundial había entrado en un estado casi hipnótico, como si una voz dentro de su cabeza que se encontrase dormida hubiese despertado. Todos se sentían tocados por dios, se sentían como si fuesen los elegidos. Como si cada uno fuese el mesías de su cultura, de su país, de su nación.

Papá llamaba a eso la fanfarronería del liderato y el narcisismo humano en su máxima expresión.

Tiempo después, dentro del refugio, mamá desesperaba poco a poco, pero se mantenía firme por Tom, él tiene doce años y yo diecinueve.

Pero ma se fue una vez que el segundo jinete toco el suelo terrestre. Hambre y pobreza fue lo que trajo según la radio, y miles o millones de personas perecieron en las siguientes semanas. Aquello trastorno en parte la frágil mente de mi hermano. Nuestros protectores, aquellos que tenían la enmienda biológica de cuidarnos, protegernos y criarnos ahora estaban desaparecidos, y Tom, oh el pobrecito Tom, estaba sumido en aquel demonio llamado ansiedad y pánico. Y su hermano mayor no podía ayudarlo para nada, solo era un inútil en ese momento.

El sótano del sótano no era muy grande como para ser una casa, pero era lo suficientemente amplia como una sala de estar. Y estaba bien equipada, tenía un refrigerador, una alacena metálica que anteriormente mencioné, que se encontraba abarrotada de comida enlatada. Había cuatro abridores de latas, una mesa, un par de sillones y nuestra única acompañante la radio. Teníamos luz y repuestos para los focos, los cuales a veces se meneaban de un lado a otro al son de unas explosiones en el exterior, se movían como si fuesen chicas hulla de esas que, según la televisión, te recibían en Hawái.

Hace dos días el tercer jinete visitó nuestro país y según el tipo de la radio, al menos tres cuartas partes de las personas que quedaban vivas se habían ido. Lo único que Tom y yo sentimos fue el temblar del techo una vez más, pero en esa ocasión fue por lo menos cien veces más fuerte pues por un momento creímos que el techo caería sobre nosotros, pero solo fluyeron cascadas de polvo. Tardábamos horas barriendo aquel endemoniado polvo, si mamá estuviese aquí hubiésemos acabado en la mitad del tiempo. Pero mamá ya no estaba, y quizá no regresaría.

A veces charlábamos, pero la mayor parte del tiempo solo estábamos pegados a la radio o a la puerta… aquella puerta que no podíamos abrir. Antes de irse mamá echó un vistazo al exterior, mantenía la mitad de su cuerpo dentro del sótano del sótano y la otra fuera cuando escuchamos un fuerte suspiro proveniente de ella. La luz que la iluminó del exterior casi la cegaba. Tom y yo observamos que parecía un ángel al ser iluminada por aquella luz de perdición. Y como si fuese abducida por un ovni partió en busca de papá.

2

-No abran la puerta. –Nos dijo –Quizá no les guste lo que vean, esto no es para sus ojos mortales, así que simplemente… No abran la puerta –Una lagrima corrió por su mejilla y desde entonces, hace una semana, no la hemos visto. Tom en su mayoría del tiempo ha permanecido a lado de la puerta atento por si escuchaba algo que no fuesen explosiones o el viento que se llevaba el polvo. O la nada.

Finalmente pasaron cuatro días para que Tom, mi última compañía humana y mi sangre, decidiese salir.

Me encontraba dormido cuando todo sucedió. No supe en que momento de la noche lo hizo, lo único que me queda de él es una pequeña nota que decía lo mucho que lo sentía, que quería a nuestros padres de nuevo y que por nada del mundo abra la puerta pues “mis ojos mortales no estaban preparados para aquello que nos rodeaba”. ¿A qué carajo se refería con eso?

Entonces mi cabeza explotó. No literalmente, pero estaba cansado de esa estúpida y repetitiva frase, ¿Qué no abra la maldita puerta? ¡Pero si ustedes lo hicieron! Es como si un drogadicto me dijese que no me drogue. El debería ser quien tome su propio consejo, ellos debieron tomar su propio maldito consejo y quedarse aquí, conmigo.

Pero, al revisar esta analogía me di cuenta de algo. ¿Y si el drogadicto solo quiere prevenirme de las terribles consecuencias de la experiencia por la que pasa? Entonces ellos, mi familia, solo querían prevenir, no, es ridículo. ¿Por qué prevenirme de algo a lo que podían dar marcha atrás con tan solo echar un vistazo? Es injusto, totalmente injusto.

Devastado, inquieto y sobretodo enojado me encontraba sentado al lado de la radio. Mis rodillas estaban pegadas a mi pecho, y mis manos las rodeaban como cadenas.

Dentro de ese armatoste humano estaba un pequeño ser llorándole a la nada, llorándole al caos y destrucción. Mi ira se transformaba en tristeza, y luego nuevamente en ira, a veces daban paso a la desesperanza. Y la ansiedad se reía a carcajadas de mi tristeza.

-¡Vamos anda! Abre la maldita puerta, total, ya perdiste a tu familia ¿qué más puedes perder? –Me decía. La denominada ansiedad había tomado forma, era un pequeño diablillo vestido de gala. Usaba un traje tipo esmoquin con una estúpida y ridícula corbata de color rojo.

-Vete al infierno. –Le repetía cada vez que se manifestaba.

-¿Y qué crees que nos rodea mocoso llorón? –Me respondía.

-No lo sé, quizá tú, y solo tú debería salir y morir o perderte como todos los demás. –Finalizaba.

En las noches solo podía ver la puerta, dormía frente a ella, esperaba escuchar el profuso y hermoso sonido de un toc toc y detrás la voz de mi padre pidiéndome finalmente que lo dejase pasar. Ese jodido rectángulo vertical que me separaba con aquello que abdujo a mi familia, con aquello a lo que no querían que me enfrentase. Malditos hipócritas, siempre que pensaba en ellos sentía la rabia de la soledad y el rechazo fermentarse dentro de mí. ¿Por qué eligieron la muerte y no seguir conmigo?

Gris y polvorienta, me miraba también, casi parecía decirme que la abriera… O eso quería. Sí, eso quería, desgraciada hija de perra. Quizá fue este absorto sentimiento casi narcótico el que llevo a mi familia a abrirla. Pero yo no caería, no, soy más fuerte que ellos. Y sobre todo, que ella.

Que esa enfermiza puerta.

Me estoy volviendo loco.

3

Han pasado dos días desde que estos pensamientos comenzaron a brotar dentro de mí como un cáncer. La puerta contra mí. ¿Debería abrirla? No, no debo, no puedo, no debo, no puedo. Debo. Puedo.  Lo haré.

No. Eso es lo que quiere. Quiere dominarme, quiere yacer dentro de mí y hacer lo que le plazca, como con papá, como con mamá, como con Tom… ¿Quién es Tom? ¿Quiénes son ellos?

¿Mamá tenía nombre? ¿Por qué demonios estoy pensando estas sandeces?

Pero me mira, de una forma seductora me llama, quiere que la consuma, como si fuese la puta más deseosa de trabajo de algún prostíbulo no tan caro. Quiere que vaya hacia ella y la haga mía. Pero al diablo. No lo haré, ¿o quizá debería? Sí, debería, yo debería abrirla. Debería abrirla y hacerla mía.

No.

No debo, no puedo. Es inadmisible, pero, pero, pero, pero, pero, me estoy volviendo loco. Lucho conmigo mismo y contra mis pensamientos. No, estoy luchando contra la puerta, contra aquello que la rodea, contra lo que hay detrás. ¿Y si no existe nada detrás?

Quizá mamá y papá encontraron ayuda. Quizá encontraron al torpe Tom, si Tom, aquel reflejo de mi… ¿Imaginación?

¿Imaginé a Tom todo este tiempo?

4

Estuve así por lo menos una semana más, durante este tiempo escuché explosiones y gritos, y no tenía ni maldita idea de qué podía ser. Mis pensamientos ya desvariaban totalmente. ¿Era una invasión ovni acaso? ¿Sería posible que aquellas series donde nos hablan de los antiguos astronautas, y los alienígenas teniendo contacto con nuestras civilizaciones de antaño ahora han regresado después de miles de años a conquistar la tierra? No, demonios no. Era una guerra entre humanos, al menos es lo último que sé, aunque la radio maneja todo desde el contexto bíblico… ¿O lo imagino?

Al diablo la biblia, al diablo Cristo, al diablo el mismo diablo. ¡Todos al diablo!

5

Estaba comenzando a confundirme entre la selva de mis pensamientos, cada vez me era más difícil ver la realidad. Estaba solo y el estarlo puede llevar a uno al extremo del racionalismo, es como si la soledad te llevase en una silla de ruedas, pacientemente, hacía la sala de la locura. Claro, antes de ello pasábamos por la antesala de la duda, de saber si algo es o no real. Joder déjame ahí enfermero, déjame ahí por favor. Estoy delirando.

Y ahí seguía aquella puerta. En mi cabeza la palabra “puerta” había perdido el significado casual de aquel objeto rectangular por el que cruzamos de uno a otro lugar. Ahora había adquirido una connotación más demoniaca, luciferina. Yo soy dios y tú el diablo, le decía por las noches mientras la golpeaba con mis nudillos ya gastados y roídos manchados de tierra y sangre.

Encontré unos viejos libros del señor de los anillos debajo de la cama que aguardaba a mis padres, polvorientos y cubiertos por una bolsa. Agradecía su encuentro, me devolvieron brevemente a la realidad. (¿Qué paradójico no? La irrealidad y fantasía de dichos libros me traían a la realidad que buscaba evadir debido a mi solitario y sombrío estado).

Perdí el tiempo que pase leyéndolos, quizá habrán pasado semanas, quizá días u horas. La única manera de determinar si era de día o de noche era a través de aquella luz que pasaba por los bordes de la puerta. Al parecer lo que alguna vez fue mi casa había quedado reducida a nada.

Para entonces yo ya estaba apestoso, mi sudor se combinó con el hedor del polvo y más sudor. Mis ropas tenían capa tras capa de polvo. Cada vez me era más difícil vivir aquí, solo, sin  comunicación con el exterior, con mi fétido olor y la abundante mirada de aquel portal a lo desconocido. Su mirada retadora solo hacía más difícil mi estancia.

Hasta llegar al día de hoy solo me entretuve releyendo aquellos libros que encontré, las etiquetas de la comida que poco a poco comenzaba a escasear, y haciendo figuras en la pared.

Los focos se agotaban y me estaba sumergiendo en un trance de desesperanza y tristeza absoluta, una parte de mí, una muy grande, ya aceptaba el hecho del fin. Pero otra mantenía la esperanza fervientemente como un niño se aferra al pecho de su madre cuando es alimentado.

Ahora mismo estoy recostado, viendo el techo pero mirando hacia la nada. La radio ya no habla más, aquel hombre debió morir, eso es seguro, y seguro también es el hecho de que fue la jodida puerta quien lo mató, si, esa boba y simplona puerta. Solo sonaba una melodía, era el brillante Chopin con su  nocturno Op 9 n. °2. Aquella rimbombante armonía me recordaba las noches estrelladas que pasaba con mis amigos. Jóvenes y libres, no pensábamos en el futuro que en el ahora no existe, solo contemplábamos las estrellas y el amanecer mientras disfrutábamos nuestras bebidas y comíamos frituras llenas de grasas trans. Recordar aquellos días me hacía sentirme vivo en pocos momentos mientras lágrimas surcaban por mis mejillas.

Moriré, eso es seguro, mientras esté aquí yo moriré…

6

Toc toc.

Mis oídos hacían eco sordo ante aquel sonido, seguro era mi imaginación. Seguro era mi cerebro dándome el estímulo de esperanza que tanto necesitaba para seguir adelante. Pero no, no más engaños, que se joda él y la endiablada puerta.

Toc toc

Nuevamente aquel sonido reptaba por la puerta, esta vez fue más potente. Con todo el esfuerzo que puse levante la mitad de mi cuerpo solo para quedar sentado frente aquella puerta, mi mirada era distraída y lejana, mis parpados pesaban cada vez más, el somnoliento estado de desamparo en el que estaba envuelto las últimas semanas ahora cobraban su cuota más cara.

Toc toc, toc toc

Eran cada vez más fuertes, más seguidos, más constantes. Y más esperanzadores.

Toc toc

No, debía ser algún truco de esta puerta. Solo quiere ser abierta y terminar con lo que empezó. Allá fuera es un campo de batalla, y si salgo quien sabe con qué he de encontrarme.

¿Viviré? ¿Moriré? ¿Quién toca esa puerta? ¿Es un truco de mi cerebro que busca una salida a este embrollo? ¿Se habrá vuelto claustrofóbico, esquizofrénico o simplemente he perdido todo juicio realista?

Eran tantas las cuestiones, y tan pocas las respuestas. Lo único cierto es que mi cuerpo ignoró mis pensamientos y se encaminó a abrir la puerta. Por más que le grité desde el fondo de mí ser que no lo hiciera ya no podía detenerme. Iba con paso lento y con poca gracia. Pero era firme y constante.

En mi mente sonó otra melodía, esta vez no era tan romántica como aquella de Chopin, al menos en el sentido anglosajón de la palabra.

Se trataba de “La entrada de los dioses al Valhalla” de Richard Wagner.

Y en el clímax de la melodía finalmente lo hice, de una maldita vez por todas acabé con aquello que martirizaba mi razonamiento. Toqué el seco y polvoriento pomo de la puerta y lo abrí con la precisión de un experimentado… ¿Abridor de puertas? Qué sé yo. El punto es que en estos momentos lo hice con una gentileza y elegancia, como si esa puerta y yo hubiésemos sido los más impetuosos amantes desde Romeo y Julieta. Ronronea nena, ábrete sésamo. La puerta reía y reía, mientras la melodía de Wagner experimentaba con aquel apasionante apogeo musical.

Y salí.

7

No vi nada, solo polvo y luz, era como si las nubes hubiesen bajado y rodeasen el último bastión que mis padres me heredaron, se encontraban en forma de una gigantesca torre. Examiné los alrededores con una rápida mirada. Y me di cuenta que aquella luz que apañó el juicio de mis padres no fue más que el simple sol que yacía en lo alto de las nubes. Me miraba, y yo sentía su calor abrazando mi cuerpo, era apasionante y provocador. Sublime.

Y Wagner no se detenía en mi cabeza, era un disco rayado, pero esta vez era precioso el panorama. Éramos el sol y yo, su calor me brindaba esperanza… No entendía que pasaba, incluso presencie aquella extraña figura a mis espaldas y no sentí miedo, solo un ligero y extraño malestar. Era una vocecilla en mi cabeza que evocaba unas palabras humanas…

…Corre…

Decía. Pero no quería correr, no quería moverme, diablos Wagner, sigue tocando esa melodía no importa lo que diga el sujeto dentro de mi cabeza.

…Huye…

Jamás.

Entonces una mano fría toco por detrás mi hombro. Y en ese momento lo supe, sí, el cuarto jinete había tocado tierra, y me había tocado a mí.

Y de pronto, la nada me envolvió y todo se volvió pesadamente oscuro.

Hasta la vista, Wagner.

 

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