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martes, septiembre 22, 2020

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Es posible que estés ahí, al otro lado de la pantalla.

¿Así se dice?

Quiero decir, siento que lees lo que publico en la telaraña virtual.

Me gusta creer que en un texto, una palabra, una sílaba, más de una vez nos encontramos.

Has posado pupilas y neurona –con suerte corazón– y de alguna manera te sientes nombrado, nombrada; en mi risa ves tu risa, en mis quejas las tuyas.

Incluso en la escritura no existe generación espontánea: esto sucede porque en mi risa veo la tuya, en tus quejas van las mías.

De eso se trata.

De nombrar a los otros que pueden ser uno, de escribirle a este uno que puede ser los otros.

De tender puentes más invisibles que los invisibles.

Y no obstante con la fuerza para no dejar de leer y luego respirar muy hondo, o decir quién sabe, esta vez no es para mí.

Es natural que así sea.

Es posible que estés ahí –me sigue pareciendo un milagro– al otro lado de la pantalla.

¿No es increíble?

 

1

Me gusta ver el cielo. Si hay nubes, si no las hubiera. Es como mirar al horizonte, solo que es hacerlo para arriba. A los siete años sabía que de un momento a otro lo tocaría con los dedos. A los dieciséis comprendí que es inabarcable. Pero a mí me gusta ver el cielo.

2

Hay tardes en que salgo al jardín. De preferencia cuando el sol está por despedirse. Siento el aire, por mínimo que sea, rozando la cara. Y echo la mirada a lo alto. Por enésima vez doy cabida a la sorpresa. Fernando Pessoa viene: vale más la pena ver una cosa siempre por primera vez, que conocerla. Voy y vuelvo en la extensión del patio a paso lento –en estos días en que se han disuelto los horarios– con la mirada en el cielo. No tropiezo porque bien conozco el terreno que piso, lo he caminado infinidad de veces. Hay nubes y ya lo dije, está bien. Imagino mapas, figuras de animales, dibujos de arte abstracto. Luego de media hora ya no las hay, e igual está bien. Entraña una especial sensación ver un cielo en el que no haya nube alguna hasta donde la vista llegue. Es lo más parecido a la paz interior: aquella armonía nítida.

3

Hoy he salido temprano, casi a la par con el sol. Anoche llovió, no sé si decir a cántaros o a mares. Hay una humedad que impregna todo. En las hojas del limonero, tiemblan todavía gotas de agua que en apenas unos minutos, cuando el sol avance cielo arriba, se habrán de evaporar. El árbol de mango parece haber crecido de un día para otro. Al sauce, al menos para estas horas de la mañana, le sobran lágrimas. Miro al cielo. Dos nubes en forma de rayas paralelas lo cruzan de levante a poniente hasta donde la mirada alcanza. Solo dos nubes en líneas equidistantes. Como soy proclive a creer en sueños imposibles, pienso que en algún lugar esas nubes han de confluir. Y para que suceda, quizá sea necesario que ambas se disuelvan y al deshacerse se expandan, es así como una será de la otra y viceversa. Como tú y yo, que casi nunca estamos de acuerdo. Pero llegado el momento confluimos con la naturalidad de dos líneas paralelas que a primera vista parecía que nunca se iban a juntar. Cuando los espíritus se expanden, se entrelazan.

4

Un día de la semana pasada, un día cualquiera, ahora más que nunca aplicable esta expresión, salí a la calle. No me alejé mucho de casa, no es prudente hacerlo. Di tres vueltas a la manzana, lo cual no sería digno de contarse si no es porque lo hice, lo que duró la caminata, mirando al cielo. Ahora, debido a la contingencia sanitaria, hay pocas posibilidades de encontrar gente. No obstante, si alguien me vio, tendría razones de sobra para dudar, o confirmar lo que ya sospechaba, a cerca de mi cordura. Y a mí, quién lo diría, me sirvió para recuperar el sosiego íntimo que desde hace unas semanas traía perdido. Conocer algo es como no haberlo visto nunca por primera vez.

5

Y es que a mí siempre me ha gustado ver el cielo.

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