POR MARISOL VERA GUERRA

Yo sobrecargada de trabajo, deudas, problemas domésticos, recibiendo la típica llamada de Telmex porque otra vez me atrasé en el pago, mi computadora esquivando la gota que cae desde el techo deteriorado, el trapeador que lleva algunos días roto y el agua que se encharca en el pasillo; con el calor extremo y todos nuestros cuerpos amontonados en una habitación porque mi hijo rompió por accidente su ventilador y las niñas aunque tienen el suyo y además una cama king size para dormir a sus anchas prefieren venir a acurrucarse sobre las piernas de su madre sin importar si estamos a 35 o a 40 grados, y con todo eso encima, se me atraviesa un poema en la cabeza.

Es entonces cuando una sabe que hay prioridades y hace lo que cualquier mujer sensata haría: dejar a un lado el mundo y escribir.

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No he deseado la eternidad. La sola idea de la eternidad me abruma. Me gusta mi naturaleza efímera, mi forma de entenderme con el instante. Me gusta pensar en el infinito y en mi muerte, la serenidad que causa a mi alma la imagen blanca del vacío, la noche que todo lo envuelve, el polvo fino de electrones y cuerdas en el que ha de disolverse mi consciencia.

Veo con gratitud lo bello y lo doloroso, mi cuerpo y sus roturas, los arañazos en mi vientre, le entrego a la fugacidad mi sonrisa porque he estado viva y he sido habitada.

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Los días en que estoy triste me levanto temprano a poner el café y a barrer debajo de la cama la basurilla acumulada el día anterior. Pico algo de fruta y enciendo mi laptop. Reviso mis correos, empiezo a trabajar antes de que despierten mis hijos.

Si mis hijos despiertan conmigo haré exactamente lo mismo, ahora con una niña rodeando mi cadera y un poco de baba en la mejilla. Los días en que amanezco feliz repito la secuencia: café, limpieza, fruta, trabajo, abrazos. La vida no es diferente afuera, los días en que estoy triste y los días en que estoy feliz llegan por igual las deudas: renta, agua, luz, teléfono; hay las mismas bocas que alimentar y el mismo trabajo por delante.

La mayoría de los días tengo lo que siempre quise, una vida ordinaria y tranquila. Pareciera que pocos eventos sacuden esta casa o soy tal vez una rara especie, entre molusco y mujer, que resiste las ondas del agua agitada por el paso de los buques. Hoy fue uno de esos días que puedo llamar tristes, de esos días en que algo no inevitable pero sí imprevisible rompe el flujo normal del tiempo, en que el estómago se hace pedazos mientras el cuerpo sigue avanzando en una estela de jugos viscosos.

No recuerdo un día tan triste como hoy. No me malentiendan, no estoy llorando en un rincón, yo solamente lloro cuando se me quema el arroz o cuando se me rompe mi taza favorita. Entre los días más tristes está aquel en que vi a mi abuela metida en el ataúd, otro día muy triste fue cuando mi hija perdió el conocimiento en mis brazos mientras corría buscando un doctor porque era fin de año y los consultorios estaban vacíos.

Esa cercanía de la muerte, no la mía, sino de quienes amo, es lo que me ha llevado al límite de lo que llamo humanidad. Luego se encuentran estas singularidades, indescifrables, que se parecen a la muerte, que fracturan aquello que se había construido minuciosamente durante años y entonces, aceptando el fracaso, me queda solo algo por hacer: poner a hervir el café, barrer la basurilla acumulada bajo la cama, esperar el abrazo tibio de una niña y la baba en la mejilla.

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Soy una mujer pacífica, pero una vez di un golpe en la entrepierna y tiré a punzar los ojos para defender mi vida. Nunca haría una apología de la violencia, pero, ¿saben?, esta vida es la única que tengo y nadie tiene derecho a arrebatármela.

No era esa la primera (ni la última) vez que he estado cerca de la muerte o de la violación a manos de un agresor, el acoso y el riesgo de amanecer en pedazos parecen ser el “costo” de salir a la calle, de viajar, de detenerse en un pueblo a contemplar el cielo, si eres mujer, ¿Qué estaba haciendo yo las veces que fui agredida?, una vez estaba caminando del Oxxo a mi departamento, otra vez estaba pidiendo permiso para utilizar un sanitario, en otra ocasión estaba en mi casa, con mis hijos. Nada fuera de lo normal, ¿verdad?, ¿qué ropa traía?, las veces que fue en la vía pública llevaba pantalón de mezclilla, chamarra y botas mineras.

Esto, por mencionar algunos de los casos más extremos que me ha tocado enfrentar. Dichos eventos no han bastado para “amargarme”, para creer que “todos los hombres son malos”, jamás diría eso, tengo un hijo varón, para empezar. Sigo siendo una mujer tranquila, conciliadora las más de las veces.

Claro que con los años he aprendido muchas cosas sobre el autocuidado, también reconozco que he cometido imprudencias, pero, repito, las veces en las que estos eventos violentos se presentaron, curiosamente, fueron no cuando estaba bebiendo en un bar sino cuando estaba haciendo alguna cosa trivial.

Saquen ustedes conclusiones sobre lo que significa ser mujer en esta sociedad, Yo quiero un mundo donde mis hijas no tengan que contar cosas similares ni tengan que justificar su existencia o estar defendiendo su libertad y su derecho a la vida, cotidianamente.

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