JUAN JOSÉ MORALES RODRÍGUEZ

– ¿La copa es de oro? –el pequeño Alan cuestionó.

–No creo–respondió sin ganas Erick.

Este claro recuerdo se proyectó en la mente de Erick al momento de que el rayo provocara el estruendo al estrellarse contra el estacionamiento, no supo por qué razón. El día anterior habían ido a la iglesia para una misa, pues se cumplían ya dos años desde la muerte de su abuela; la madre de su madre, a quien ni siquiera pudo conocer tan bien como para que en verdad le doliera o le importara el asistir. Pero bueno, quizá lo hizo por la poca pizca de respeto que aún se mantenía en su podrido ser.

El padre hablaba, y ni él ni su hermano menor ponían realmente atención. No quería ser grosero, pero es que cuando algo no le interesaba, el fingir el mínimo interés se le imposibilitaba. Sin querer soltó un bostezo, y cuando acabó notó cómo una señora mayor le miraba con desaprobación desde la otra fila. ¿Le conocía acaso? Tal vez del catecismo, del cual había salido hacía siete años, tal vez nunca en su vida la vio ni ella a él. Lo tenía sin cuidado. Una sola confesión tuvo en su vida y fue antes de hacer la primera comunión junto con la confirmación, luego de eso jamás pisó otra iglesia, al menos por voluntad propia.

Su pierna dolía ligeramente, el estar de pie sólo lo ponía más y más impaciente. Se preguntó que quién demonios había inventado el estarse parando y sentando en esas tontas reuniones, si por él fuera se quedaría sentado durante toda la misa para volverla medianamente tolerable. Detrás de la banca donde él, su hermano y su madre estaban, estaba otra señora, ésta no paraba de repetir cada cosa que el padre dictaba (o en sus palabras, que Dios dictaba), a pesar de que nadie más allí lo hiciera. Volvió a bostezar, esta vez sin ser tan obvio. Cada que la gente repetía algún rezo el sólo movía los labios sin producir algún sonido. Cuando llegó el momento de “dar la paz” fingió una sonrisa, saludo a su hermano y madre, para luego darle la mano tanto a la señora que le había mirado mal, como a la parlanchina.

– ¿Por qué tú no vas a comerla? –preguntó el infante luego de ver cómo una fila de personas mayores se formaba frente al altar.

–Porque no me he confesado en unos… ¿siete años? –respondió el mayor.

– ¿Y qué pasa si vas sin confesarte?

–No lo sé. Ni cuenta se han de dar, pero igual no es como si quisiera formarme para que ese tipo me meta una oblea remojada en vino a la boca.

Ya casi acababa, no sabía exactamente en qué parte de la misa iban, pero siempre que el padre decía unas palabras que Erick sabía identificar sin realmente escucharlas, significaba que ya iba a terminar. Mientras tanto puso su atención en algo más. Notó que en el tiempo que no había ido a la iglesia ésta había sido remodelada un poco. En primera, las viejas bocinas en los pilares frente al altar fueron quitadas, la enorme virgen al fondo fue reemplazada por una gran cruz, y lo que más llamó su atención: varias pinturas fueron colocadas a lo largo de las paredes de izquierda a derecha. Había una de los reyes magos en el nacimiento de Jesús (aunque no podía verla completa, un pilar se interponía entre su vista y ésta), sólo alcanzaba a ver a uno blanco y otro negro, sabía los nombres, mas no a cuál pertenecía cada uno. Una de Adán y Eva con Dios arriba y el Arcángel Gabriel a un lado, descendiendo con su famosa espada. Tal vez Erick no presentara ni el mínimo interés por estas figuras religiosas, pero por un motivo que no supo comprender hasta después, esa última imagen se plasmó en sus pensamientos el resto del día. Y al día siguiente, el desinteresado Erick dejaría de existir.

La última cosa interesante que pasó aquel cercano día (al menos para él), fue que al salir de misa, su madre llevó a ambos a comer a ese nuevo restaurant llamado “Diane Restaurant”. Al día siguiente, recogerían a su prima Marlene para disfrutar un poco de las vacaciones de invierno, yendo a la pista de patinaje o alguna otra atracción. Aunque la verdad era que a él poco le importaba el tiempo en familia, solamente quería pasarla bien con unos amigos con los que se encontraría ahí.

Los planes jamás salen como uno quiere.

Volvió al presente. Erick parpadeó confundido sin saber qué estaba pasando exactamente. Recordaba la tediosa espera a que su madre y hermano salieran del centro comercial, también… el rayo, sí, el rayo que cayó justo a pocos metros de él y su familia. ¿Qué había pasado y por qué de pronto se sentía tan ansioso? Se golpeó la cabeza al igual que lo hacía con el modem cuando el internet se iba, su visión era nublada, al igual que el cielo antes de que cayera el rayo.

Norma y Carlos se mantuvieron inmóviles a la vez que su hijo mayor, sin ver bien, se acercaba poco a poco a la zona donde impactó aquella misteriosa luz. Marlene no podía ni hablar, su boca estaba abierta a más no poder. El pequeño Alan se aferraba con fuerza a la pierna de su madre; había empezado a llorar al observar a su hermano caminar hacia aquella cosa.

Carlos intentó correr y sujetarlo del brazo, mas sus pies daban la impresión de haberse fundido con el suelo. Más tarde supo que lo que realmente le impidió salvarle la vida a su primogénito, fue el miedo.

La vista de Erick finalmente se reenfocó, sonrió victorioso, pues por momentos llegó a creer que se quedaría ciego. Negó con la cabeza  observando el suelo, con una burlona sonrisa dibujada en su rostro lleno de acné. Pero ésta se desvaneció tan rápido como apareció.

Unos pies blancos era lo que lograba ver con su vista recién recuperada. “¿Son botas o se trata de un maniquí?”, se preguntó apenas se dio cuenta. Su corazón empezó a acelerarse a la vez que los vellos de sus brazos se erizaban, no quiso levantar la vista, pero una fuerza espectral le obligo a hacerlo poco a poco, admirando a la figura que tenía delante, a menos de veinte centímetros de su flaco ser.

–Sí, es un maniquí–pensó en voz alta, algo aliviado.

Una figura masculina completamente blanca y con sólo la sombra de unos verdaderos rasgos faciales se presentó ante él. No tenía ropa ni cabello o genitales de algún tipo, media aproximadamente un metro con ochenta centímetros, lo suficiente como para que el muchacho tuviera que mirar hacia arriba para verle la cara. Erick se rio y pensó en cómo demonios había llegado eso ahí. Un ataque al corazón casi se presentó cuando la cabeza del “maniquí” se movió, dirigiendo la vista al chico.

Ni tiempo tuvo de gritar, estirando su blanco brazo tocó el hombro del asustado y, poco a poco, tanto la ropa de Erick como su piel empezaron a tornarse en el mismo tono blanco del ente caído del cielo, para luego irse despedazando y amontonándose en el suelo, sin dejar más que un enorme rastro de sal de quien alguna vez fue un hombre.

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