JUAN JOSÉ  MORALES RODRÍGUEZ

– ¿De qué huimos?
La pregunta se la tragó el silencio.

Los planes futuros se perdían en el mar de incertidumbre conforme las personas se enteraban de lo sucedido en el estacionamiento; el lugar donde la enfermedad empezó y donde un joven tuvo la desgracia de ser la primera víctima, reduciendo su carne viva a sodio esparcido en el ahora ardiente concreto.

Todos saben qué fue lo que pasó aquel día en que aquella figura sin rostro cayó del cielo. De una forma u otra, narrada de diferente manera e incluso añadiendo cosas que nunca pasaron, el resultado era siempre el mismo. La noticia se esparció como la pólvora, y como si en verdad fuera ésta, detonó en la mente de los habitantes, presas de un pánico justificado. El miedo fue inoculado y no tardó mucho en expandirse. Lo que vino después de la muerte de Erick, metafóricamente hablando, fue el equivalente al cerillo encendido que cayó sobre la mezcla inflamable.

El auto estaba en silencio, el hombre mayor manejaba, la mujer llevaba en piernas a su hijo pequeño en el asiento trasero, junto con la adolescente. Al lado del padre de familia, en el asiento de copiloto, un joven de veintiún años, con un rostro serio.

– ¿Qué es esa cosa? ¡Dios santo! ¡¿Qué le hizo a mi primo?! ¡Tío Carlos, responde! ¡¿Quién es este tipo?! –soltó finalmente la chica, presa del pánico.

Casi pareciese que Marlene hablaba sola, era la única que había logrado salir del aturdimiento causado por el hombre pálido. Igual estuvo perdida un corto tiempo, no supo qué fue lo que pasó ni cómo llegó a estar cruzando por un largo puente acompañada por su familia y un extraño. Ellos (al menos con quienes compartía asiento trasero) seguían en el trance, no podría decir lo mismo de los dos al frente pues uno manejaba y al otro no le podía ver el rostro. En esas condiciones no supo si se hallaban imperturbables o muy perturbados. La consternación le picó cual mosquito y le dio por volver a alzar la voz, pero su cerebro se activó al cien otra vez, y evitó que lo hiciera. Los recuerdos le recorrieron como un hormigueo.

El tipo al lado de su padre dijo llamarse Alejandro, llegó de la nada justo después de la muerte de Erick y les ordenó de forma brusca que se subieran al automóvil, entonces, al mismo tiempo, se oyó una pisada, una tan fuerte que todos voltearon y vieron a la figura blanca que empezaba a moverse.

«Su sombra, oh Dios, su sombra–pensó al percatarse de la ausencia de ésta–. El sol; la dirección en la que está, la sombra del ente debería estarse proyectando justo frente nosotros, y sin embargo no está ahí.»

En efecto, el hombre de sal carecía de una sombra, como si todo su cuerpo no fuera blanco por el sodio del que por su color, delataba ser. Parecía ser más bien luz; un ser hecho de luz, pero aquello era imposible, no existía forma, si fuese de luz no se vería tan sólido.

Cuando alguien ve algo que escapa a todo su conocimiento, trata de darle una explicación apegada a su lógica para no sentir miedo.

Se subieron luego del titubeo, al percatarse de que seguían ellos en ser convertidos en un condimento tirado en el suelo. Primero ella, luego su madre junto a Alan, y al final Carlos, que en un principio vio de forma inquisidora a Alejandro, pero finalmente cedió a subir. El estudiante corrió a abrir la puerta y subirse antes que él, no era de locos pensar que le dejarían solo allí luego de haberse subido toda la familia.

Las llaves funcionaron a la primera y el auto no tardó en encender como es típico en las películas de terror. Arrancaron, pasando a un lado del ente, que, al percatarse de que se escapaban, cambió su dirección. No corría, no hacía gestos, únicamente caminaba con una inigualable calma. Realmente no iba detrás de ellos.

Huyeron con facilidad, y al estar fuera del sitio, el tipo se presentó como Alejandro. Se sintieron a salvo, no obstante, al darse la vuelta Marlene para ver qué fue de aquella cosa, vomitó por la ventanilla, pues pudo observar cómo detrás de ellos, varios montones de sal se extendían a los pies de éste, y por momentos creyó que él la miraba a ella, antes de perderlo de vista al doblar una esquina.

–Las trompetas sonaron–dijo el estudiante en un tono neutro–. Ningún lugar es seguro, siga hasta la siguiente gasolinera y no pare, así sucesivamente.

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