JUAN JOSÉ MORALES RODRÍGUEZ

—Lamento si no he sido lo bastante claro. Ahora mismo todo debe parecerles una completa locura; un sueño, del que creen posiblemente saldrán en cualquier momento. Igual yo desearía poder pensar así, sin embargo no puedo—el estudiante se aclaró la garganta, luego miró por la ventana, internamente se reclamó por ello pues, ¿Qué cosa podría verlos? Aquel ser había quedado atrás hace rato—. Por Dios que ha sido un día cansado, ¿eh?

Ningún presente respondió. Norma lo miró breves segundos, pero hasta ahí, devolvió su vista vacía a la ventana casi al instante. Alán sí lo miraba, mas se veía incapaz de reproducir sonidos aparte de los casi inaudibles balbuceos. Carlos manejaba, y a pesar de que quitó los ojos de la carretera un instante para ver de reojo a quien él mismo consideraba un intruso, volvió a centrar su atención en la carretera.

«Acaban de perder a un hijo, genio», se maldijo internamente por lo tonto que seguramente sonó a los oídos de todos los presentes.

«Sólo quería establecer una conversación—se defendió—. Aparte, tú, seas quien seas, me hiciste venir por ellos en primer lugar.»

No hubo otro reclamo entre él y su mente por lo que restó del viaje.

—A lo que voy. Sé que perdieron a un ser querido allí atrás, y lo lamento mucho, lo digo en serio—su tono no era muy convincente a pesar de ser honesto—. No obstante ahora tienen que hacerme caso. Esa cosa; esa monstruosidad que pudieron observar hace rato, no es un humano y por si fuera poco es muy peligroso.

— ¿Entonces qué es? —la sobrina de Carlos habló, robando la atención de todos allí, por consecuencia el padre de familia casi choca contra un bocho que iba delante.

Pronto las miradas se desviaron, finalmente todos parecieron interesados en el muchacho, y teniendo un efecto contrario al esperado, esto sólo logró ponerlo nervioso.

—No lo sé—respondió.

Norma quiso dejar de llorar apenas una pequeña lágrima recorrió su mejilla, pero no lo consiguió. Colocó el brazo sobre su cara, sonándose la nariz. Alan trató de calmarle pegándose más a ella, no parecía surtir efecto.

— ¡¿No lo sabes?! —Cuestionó con rudeza Marlene—. ¡¿Que no lo sabes?! ¡Mi primo acaba de morir allí atrás por esa maldita cosa, luego vienes tú a decirnos que huyamos sin dar la más mínima explicación, y ahora que supuestamente vas a darlas, resulta que no sabes nada! ¿Qué carajos traes tú en la cabeza?

El auto frenó en seco, todos se sobresaltaron, exceptuando claro al conductor, que, con el mismo aire apático, salió del coche.

— ¡Aguarde! ¡No pued…!—Alejandro recuperó el semblante cuando vio por la ventana a la gasolinera.

Todos bajaron, aprovechando que al lado se encontraba una tienda de conveniencia. El estómago del muchacho seguía vacío después de todo.

Estando todos llenos, incluyendo al vehículo, el mayor pareció finalmente volver en sí y, pidiendo todavía con esa apatía a Alejandro que les contara lo que sabía, se recargó sobre la puerta del auto, mientras Alan bebía un granizado de cereza, Norma un café y Marlene comía un hot dog.

—No sé qué es lo que es él ni por qué lo hace—empezó a contar Alejandro—. Mi nombre es Alejandro Moreno Martínez y tengo veintiún años. Soy estudiante de psicología y hasta hace apenas unas horas me hallaba sentado en un nuevo restaurant esperando mi orden. Cuando de repente…

—El invierno desapareció—completó Carlos—. Todos los sentimos, no sólo aquí en la ciudad, sino más allá.

—Así es—asintió el joven, viendo cómo la chica seguía mirándolo con rencor—. Y de pronto todos tuvimos una sensación, en todo el mundo hubo esa sensación que me es imposible de describir, corríjanme si me equivoco—al no haber objeción, prosiguió—. Pero creo que conmigo fue un tanto diferente, o quién sabe, quizá también le haya pasado a algunos otros.

—Habla claro—pidió, para sorpresa de todos, Norma, aún con los ojos rojos.

—Lo siento—se aclaró la garganta—. Fue una voz, una especie de sexto sentido, eso fue lo que me hizo ir hacia ustedes casi contra mi voluntad. Como una abeja que quiera volver a su panal, algo así. De pronto y sin explicación, dentro de mi cerebro ya estaba la imagen de aquel ente sin rostro ni sombra. Primero me pregunté quién demonios era, luego esa información vino a mí, pero a medias.

—Hace rato mencionaste algo sobre unas campanas—le interrumpió Marlene—. ¿Qué quisiste decir?

Silencio.

Entonces, levantando la mirada al cielo, y bajándola de nuevo a los presentes, habló.

—De las campanas del juicio final, de eso hablo.

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