Por JUAN JOSÉ MORALES RODRÍGUEZ

Y la sal se derramó sobre el suelo.

Algunas personas, con estas simples palabras pensarían casi de inmediato en esa famosa superstición que dicen, trae la mala suerte, y de manera enfermiza tiene algo de cierto. Algo a quienes los seres humanos podrían llamar “mala suerte” llegó en ese mismo día, pero no fue sino hasta que se derramó la sal, y luego de que la familia huyera como alma que se la lleva el diablo, que lo verdaderamente malo comenzó.

Primero fue un grano, que al primer contacto con el ardiente pavimento dejó salir un poco de vapor que nadie supo ver, ni siquiera quienes estaban allí presentes al momento del impacto. Obviamente la atención estaba más puesta en la figura a un lado suyo. Después fue otro, y así sucesivamente, hasta que en el suelo, un pequeño montículo de sodio fue lo suficientemente visible para verlo aun con la incandescente luz solar que nadie sabía de dónde vino, lo único de lo que podían estar seguros era del hecho que el ente blanco vino junto a ella, acompañándole desde más allá de las estrellas, incluso quizás desde un sitio más cercano, un sitio que escapaba a la imaginación de un sistema cognitivo tan primitivo.

La sal derramada que alguna vez fue un hombre, momentos después de la partida de quien le convirtió en lo que era ahora, actuó de una manera anómala que el sodio convencional no podía ejecutar. Nadie lo sabía, era algo ridículo de considerar, algo inimaginable, pero como se dijo antes, esta cosa escapaba a la imaginación de un sistema cognitivo tan primitivo. Ese pequeño montículo era parte de algo mucho más grande, llegando a niveles que podrían sonar un tanto exagerados, esa cosa blanca estaba encargada de purgar todo lo que el ser humano creó desde el momento lejano en que a un pez le dio por salir del agua y caminar sobre la tierra.

El vapor que dejó salir el primer grano al contacto con el suelo, se multiplicó por cada uno de éstos que formaban el montículo. Si uno lo hubiese visto desde una distancia de más de diez metros, hubiera pensado en una fuga de gas, en algo quemándose, en fin, en algo lógico, lo era, pero no para sus mentes.

Donde antes hubo pavimento, ya no quedaba más que tierra y la sal junto con éste había desaparecido.

Y mientras tanto, de nuevo en la calle, la carretera alcanzó unas temperaturas tan altas que de manera literal, varios neumáticos se derritieron y algunos otros hasta estallaron. Un helicóptero sobrevolaba algo lentamente, un camarógrafo dirigía su cámara hacia abajo y una reportera repetía una y otra vez que no sabían exactamente qué estaba pasando.

El ente caminaba, no corría, iba a un paso moderado y a cada persona que localizaba (nadie supo cómo sin tener ojos) la tocaba con suavidad y ésta a su vez no volvía a moverse nunca más, siendo reducida a un montículo amorfo sin conciencia.

Toda la ciudad era un caos, la evacuación por iniciativa propia era lo más acertado por hacer, pero quienes no sabían lo que pasaba y tenían la conocida mala suerte de estar cerca, dejaron de existir. El escenario parecía una de esas películas como La guerra de los mundos o 2012, con la excepción de que quienes les estaban matando era un maldito maniquí sin rostro.

Hubo intentos (todos ellos fallidos) de exterminarlo antes de que pasara a mayores, el primero de ellos fue un joven adulto que, destrozado por lo que la cosa le hizo a su novia, aceleró a toda prisa contra éste en su automóvil… El metal, al contacto con la entidad, se fue desprendiendo como si de papel se tratara y una víctima más se unió a la lista.

Un suave toque y todo acababa… o eso quisieran creer lo más piadosos.

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