JUAN JOSÉ MORALES RODRÍGUEZ

Desde hacía días antes de esto, tenía el presentimiento de que ya sabía lo que estaba por venir, es eso o simple y llanamente comencé a volverme loco y mis delirios se mezclaron con los recientes acontecimientos, entrelazando hechos con pura especulación. Sea como sea, actualmente la realidad con la ficción están en guerra alrededor del mundo (aunque esto por sí solo no es nada nuevo), de quienes no creen lo que comenzó hace poco en un pequeño estacionamiento en una ciudad pequeña, y de quienes tratan de hallar un sentido lógico a tal amenaza para detenerla. Hay unos terceros, quienes están convencidos de que esto es una especie de segunda venida, o algo que tenga que ver con lo divino o los derivados de esto, y a sus fulas poco a poco se van uniendo grandes cantidades de personas que, en su intento por relacionar el suceso con algo hasta cierto punto conocido, han dejado atrás varios pensamientos y se han convertido ellos solos en esclavos de este pensamiento colectivo.

Si me permiten retomar algunos días atrás, antes de que el “Hombre de sal” hiciera acto de presencia tanto en el mundo como en los sueños y pesadillas de todas las personas, les diré que no me encontraba haciendo algo precisamente espectacular, no estaba revisando computadoras con increíbles e ilegales radares en busca de vida extraterrestre o revisando manuscritos antiguos en alguna lengua muerta con profecías tan terribles que harían a quienes la leyeran ahogarse en una locura que data de millones de años. No, nada de eso. Hacía lo que creo es algo medianamente normal a mis veinte años, leía un viejo libro polvoriento que había estado en mi librero por al menos dos años, un pequeño recopilatorio de cuentos de terror que compré porque incluía uno de mis relatos favoritos de cuando era un niño, “La pata de mono”. Lo estuve posponiendo, leyendo otros de más interés para mí, como algunas novelas, y para colmo seguía comprando algunos otros sin parar, hasta que me dije:

—Es corto, puedes acabártelo en menos de una semana. ¿Por qué no revivir algo de esa infancia tuya de la que difícilmente te desprendes?

Las palabras de aliento para mí mismo fueron suficiente para tomarlo entre mis dedos y sacudirle el polvo, antes de hojearlo y empezar a leer, comenzando por las primeras páginas donde vienen los detalles de la edición y hasta el prólogo (siempre he sido de leer el libro completamente, quizá sea algo relacionado a lo obsesivo compulsivo, sólo quizá).

No pude leerlo más allá.

No sé de qué forma expresarme a este punto, y de nuevo aclaro que por esto mismo podría acusárseme de loco, puesto que estuve más de veinte minutos en la misma páginas sin poder comprenderla, a pesar de haber leído incluso en voz alta (cosa que me permito hacer desde que mi hermano consiguió nuevos amigos en su preparatoria y sale más de lo usual). Y entonces lo comprendí, o quise creer que lo hice para aminorar la incertidumbre que tomaba la forma de pequeñas hormigas trepando por mi pierna.

Tic, tac, tic, tac.

Ese sonido me desconcentraba, no sabía de qué forma lograba hacerlo, pero lo hacía. Siempre fui capaz de concentrarme en la lectura a pesar del ruido de fondo (y déjenme decirles que mis compañeros de carrera jugando al UNO no es cualquier cosa que pueda ignorarse fácilmente). Mas en ese instante me sentí un poco como en ese viejo cuento de Poe, “El corazón delator”, donde el protagonista ya no soporta escuchar el imaginario sonido del corazón palpitante del hombre al que acaba de asesinar.

Uno podría intuir que el reloj en serio podría tener aquel efecto en mí y hasta en otras personas, pero es que no se trataba de un reloj de pared, para nada, era un pequeño reloj de bolsillo de no más de cinco centímetros, con el grabado de una cruz, me lo había regalado mi madre en mi cumpleaños número dieciocho y de verdad me gustaba, lo cuidaba y llevaba a cambiar de baterías cada que correspondía. En ese instante el pequeño objeto estaba colgado de un pequeño clavo sobresaliente al lado del librero, al otro extremo de la habitación, yo estaba arrodillado sobre el piso como si fuera a rezar y mis brazos sobre la cama, con el libro encima. Y no me pude creer lo que oía, ya que el sonido vino de la nada, en un momento no estaba y al otro sí, como una alegoría opuesta a la muerte. Al percatarme de que era el pequeño objeto dorado la causa de mi nula concentración me puse de pie y, antes de encaminarme hacia él para estar seguro, desvié mi vista a la izquierda, donde mi reloj despertador estaba en marcha, sin embargo su tic tac, a pesar de ser audible y estar incluso más cerca, no me causaba la misma sensación de hormigueo. De un momento a otro me hallaba parado en frente del reloj de bolsillo colgado, observándolo, asegurándome que realmente era éste la peculiar causa. Acerqué un poco más mi oído y entonces…

«Ya viene.»

Caí de espaldas, exaltado por tan inesperado susto, ¿habían sido palabras? Parecían palabras, mas no salidas del reloj (del que misteriosamente el sonido del tic tac se disipaba), fue como si mi mente sola; mi conciencia, quisiera decirme algo.

—En efecto creo que he enloquecido—pronuncié con un intento de tono cómico, tratando de disminuir el miedo y me puse de pie.

Y entonces, más adelante, acostado sobre mi cama, listo para dormir, luego de haber ignorado ese suceso que días más tarde creí fue un sueño, escuché trompetas. ¿Lo raro? Juro por todos los dioses que venían del maldito reloj…

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