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MEJORES AMIGOS

Por CARLOS ACOSTA

1

Íbamos en quinto año de primaria. Mis amigos eran Pelmas y La Ardilla. Tengo aquí una fotografía en blanco y negro del último día de clases donde estamos abrazados los tres. No recuerdo mi sobrenombre. No lo registra la memoria. Pero así es uno, recuerda los apodos de los demás. El suyo no. En la foto reímos como se ríe a los once años. No sabemos que nunca, aunque la palabra sea vandálica y ciega, nunca volveremos a vernos. Quizás ellos dos siguieron siendo amigos. Es posible que hayan cursado por lo menos un año más, el último de la educación básica, juntos. Eso para mí no fue posible. La familia, siguiendo una recién descubierta vocación errabunda, cambió por enésima vez de domicilio y mis hermanos y yo fuimos inscritos en la escuela que nos quedara más cerca.

2

Este es un texto con cierto resabio acibarado. El hecho de solo recordar los sobrenombres de mis amigos y el mío no –por lo menos el de ese año– deja en el trago de saliva un sabor que raspa el esófago. Y ahora, como para agregarle un poco de sal a la herida, debo reconocer que no recuerdo sus nombres. En mi defensa, diré que la foto en donde estoy con ellos, trae sensaciones que todavía hoy rehacen el espíritu y renuevan la respiración. Vuelvo a creer en aquella máxima que tantas veces repetí: ustedes dos, mis mejores amigos. Releo la frase: mis mejores amigos. Realmente lo creí. Lo creo ahora que recuerdo. Nunca más he vuelto a decirlo. Aquellas palabras, en su momento, fueron reales. Y una realidad, por más que pasen y pasen los años, y en su caso los siglos, estará viva en un lugar al que, por no tener la capacidad de comprensión para aceptar espacios y tiempos paralelos, hemos arrinconado llamándole recuerdos.

3

Mis mejores amigos no porque hayan expuesto su vida por la mía ni porque pagaran mi desayuno escolar, sino porque nos veíamos a diario, nos buscábamos en la escuela, nos retorcían de risa bromas insulsas y, quizás ahora podría decirlo, porque nunca pronunciamos la palabra futuro. En ese año lo fueron. No el anterior ni el siguiente. No luego, si alguna vez los recordé en secundaria o en prepa. Tampoco en las ocasiones en que pude regresar a la ciudad de nuestros años. Mis mejores amigos en mil novecientos sesenta y cinco. No ahora que ha pasado más de medio siglo y que un impulso, a saber de cuáles orígenes, me trae a escribirles.

4

Quién sabe lo que fue de ellos. Me gusta pensar que están vivos. Que son hombres mayores, como yo. Que llevan una vida simple, como la mía. Que trabajaron años de años y ahora viven de pensión o jubilación, cual más cual menos, bien merecida. Casi seguro tuvieron hijos y me conmueve imaginar que aquellos niños ahora sean abuelos. Hace bien pensar así. Hago un esfuerzo por no dar paso libre, cuando en la reflexión quieren colarse ideas como muerte u olvido. Bueno, olvido sí. Puedo suponer, con un saludable porcentaje de certeza, que ellos no se acuerden de mí. O que uno de ellos, no recuerde a los otros dos. Y eso no duele. El olvido no. La otra posibilidad, sí.

5

De qué hablamos La Ardilla, Pelmas y yo. No lo sé. A las palabras se las lleva el viento, dice el dicho, ¿no? Así que conversaciones no recuerdo. Lo que sigue vivo y que seguro es parte de lo que induce a esta escritura, son los gestos, las risas, los correteos por las canchas de la escuela a la hora del recreo, estar ahí en el portón a la salida, el ir por la calle pateando un bote de regreso a casa. No más. Fuimos felices con poco. Ahora, año veinte del siglo veintiuno, la probabilidad de que nos encontremos es casi nula. Y si un día sucediera, no nos reconoceríamos. Aun así, en la improbable casualidad de que a uno de ellos, o a los dos, con las infinitas posibilidades de hoy, les pasaran por los ojos estas letras, me gustaría que lo recordaran: ellos, mis mejores amigos.

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