TAL VEZ…

SUPLEMENTO CULTURA COLECTIVO3

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Para Toño, poeta y amigo.

Un día se fue, sin más. No dijo nada. Volvió un tiempo después, por corto tiempo, después de ganar el premio estatal de poesía “Juan B. Tijerina”.  Había días que le gustaba ir a visitarme a mi trabajo. Él no participó en aquél libro del que yo me sentía tan orgulloso, por muchas cosas, fue el primer libro en el que participé como escritor, era presidente de mis amigos poetas en la Peña Literaria “Carlos R. Fantini” y me sentía muy orgulloso de representarlos. Él no participó en aquél libro, decía, porque, me comentó después, no se lo merecía. Era discutible su aseveración, pero no, a pesar del mucho tiempo que lo intenté, no pude convencerlo. Había ido a radicar a la frontera, fue su argumento. De improviso llegaba y nos visitaba en las reuniones, nos acompañaba siempre de muy bien buen talante. Incluso nos pidió en una reunión del grupo Colectivo3, del cual fue fundador, que si podíamos publicar sus textos. Eso fue una broma porque, pese a su alejamiento, siempre fue miembro del grupo y fundador también del suplemento cultural que hoy arropa nuestras letras.

En mis sueños miré alguna vez un poeta charlando conmigo, pobre mortal, hoy, a mis años puedo decir que tengo muchos amigos poetas. Sin duda él era uno de ellos. Era, además, un ser humano y, como todos, tenía pecados y cosas que guardaba para sí mismo. En su página de Facebook leí: “Con todo, yo me regocijare en Jehová. Ayúdenme con sus oraciones. Tengo síntomas de Covid 19”, no imaginaba que estaba tan cerca ese plano terrenal al que todos tememos por desconocido. Hacía unos años que no lo veía. Hoy sé que no lo veré más, al menos en esta tierra que se niega a ser nuestra.

Nativo de mi querida ciudad adoptiva, El Mante, que aún tiembla en mis labios y en mi memoria. Antonio Quintero Hernández, dos veces ganador del premio estatal de poesía “Juan B. Tijerina” y una vez más cuando fue regional, lo nombraban como uno de los grandes poetas tamaulipecos. Una vez me impresionó cuando nos dijo, en una charla de café, que trabajaba en dos libros. Hoy sé que algunos de mis amigos poetas lo hacen, algunos ya no escriben y al parecer él se había retirado un poco de la creación literaria. Me impresionó porque, por muchas cosas que no vienen al caso, yo nunca he trabajado para escribir ningún libro. Tal vez en alguna ocasión hice un poco de planeación a futuro de unos cuantos poemas, pero se quedó ahí, sin concluir.

Cuando leí: “Tengo síntomas de Cobid 19”, me dieron ganas de decirle: “no te internes en un hospital Toño, te van a matar”,  pero callé, tal vez por temor, tal vez porque funcionó la estrategia de los medios masivos de comunicación de infundirnos este miedo que carcome a nuestro sistema inmunológico. Cuando leí: “Ayúdenme con sus oraciones”, yo, que no oro ni creo en ese dios permisivo e insensible, ignoré su llamado, mi mente, mis manos se centraron en desearle fuerza y fe. La fe, que no sé hasta dónde llegaba, ya la tenía, la fuerza tal vez no. En mi interior ronda un fantasma de remordimiento por no advertirle lo que podría suceder, algo de lo que no estoy seguro de porqué sucede, pero que, dejando de lado teorías de conspiración, sucede.

Aún se mantiene vivo su recuerdo en dos ejercicios que hicimos frente a unas tazas de café y una cerveza, Carlos, Ausencio, Loida, Toño y yo. No sé cuánto perdure. Tal vez se  pierda con su ausencia, tal vez no se ha ido y permanece en sus poemas. Tal vez el recuerdo se niegue a salir a la luz por el remordimiento de que pude haber hecho un poco más por él. Tal vez ya se instaló en la eternidad de los poetas. Tal vez, tal vez…

TAL VEZ

Para Toño y esta terca memoria.

Para mí no habías muerto.

Ni desde aquél adiós sin cicatrices

ni después que volviste

con palabras de río y de ciudad amada,

cuando bello era enfermo

y el silencio santuario.

Desde entonces te vi

flotando en la rivera

sacudiendo la sombra

bajo un árbol de mango.

Para mí no habías muerto,

cuando desde el barullo susurrante del café

nos trajiste a Pessoa

sin cambiarle de nombre,

rutilante y desnudo

de las horas que no volvieron a ser nuestras,

como no será nuestro

ni el recuerdo

ni el silencio de letras sobre el polvo.

Para mí no habías muerto,

sin embargo, ahora mismo,

en la tormenta desatada,

flota sobre el rayo

un aura leve  que la explosión opaca,

somos como él, poeta,

efímeros y leves,

temblando,

en la ferviente oscuridad

de nuestros  miedos.