CARLOS ACOSTA

Para ellos, mis hermanos.

El primer grupo musical del cual formé parte, llegó antes de los dieciséis años. Vivíamos por la calle Galeana, al suroeste de la ciudad, en una casa de renta ubicada apenas a unos metros de uno de los canales de riego que más adelante cruza por el centro de la comunidad.

Éramos cuatro los integrantes. En el Pandero y coros, estaba Silvia; al Bajo iba Gustavo; la Batería quedaba a cargo de Saúl, y yo le entraba a la guitarra y voz de la banda. Desde luego, los instrumentos eran juguetes viejos que teníamos en casa. El pandero había sido de un bailable en la secundaria; la batería era una mochila de cuero correoso, de aquellas en color café claro, que decíamos: te las compran para morir iguales. La guitarra que hacía las veces de bajo, la tomábamos prestada, porque en casa siempre hubo guitarras. Aquí hago un breve paréntesis para recordar que el trabajo de mi padre, durante más de cincuenta años, fue el de trovador en serenatas y cantinas. Así que, por guitarra, no parábamos.

De esta manera, casi todas las tardes nos poníamos a ensayar. Eran desde luego, canciones sencillas, pero que, ¡claro!, debían cubrir dos principales requisitos: que fuera música de rock y que estuvieran de moda. Con los escasos conocimientos de un chico que apenas rebasaba los quince mayos y que nunca tuvo educación musical formal, nos daba para tocar, por ejemplo, Cumpleaños de The Beatles con letra en español de Los Yaki (dieciséis esta vez, ¡cumples!).

Nos pasamos tardes memorables. Era un juego, había risas, ganas de pasar el tiempo en un sueño imposible, pero a la vez real, en un mundo muy nuestro que incluía, ni más ni menos, nuestras muy particulares circunstancias: estudiantes de secundaria y prepa, estrecheces económicas, barrio bajo, optimismo a granel. Eran dos, tres horas ensayando, cuatro o cinco canciones de las que nunca pasamos.

Yo cantaba con una voz que forzaba en ser nasal, emulando, y cómo no, a Bob Dylan, faro personal desde entonces. Ejercía los acordes y requintos lo más parecidos a los originales. Mi abuelo, incluso, me construyó el soporte de alambre endurecido para que pudiera tocar a la vez, la armónica, o música de boca, justo como en La Respuesta Está en el Viento, lo hacía Dylan. Y a nuestro modo, si se quiere, lo lográbamos.

En especial, en la canción Cumpleaños, que lleva una parte de un solo de batería, Saúl se lucía dándole duro a la mochila de cuero que, por cierto, bien resistía los embates musicales. Sus baquetas las había construido en tercer año de secundaria cuando cursé el taller de Ebanistería. Así que, por un buen par de baquetas, bien torneadas y durables, el baterista nunca se pudo quejar.

El nombre de la agrupación no fue muy difícil escogerlo. Había en televisión, blanco y negro, aunque en esa época nosotros aún no teníamos televisor en casa, un programa de acción y música donde los protagonistas eran un grupo de chicos y chicas, uno de los cuales usaba el cabello rizado largo y peinado al estilo afro lo cual resultaba acorde conmigo. Fue de ahí de donde tomamos el nombre: Patrulla Juvenil. Ahora nos puede sonar cursi. Eso de patrulla no nos quedaba, desde entonces teníamos cierta reticencia a lo que sonara esa palabra, cierto. Pero en aquella edad en donde apenas íbamos saliendo de la niñez, la ilusión lo podía todo. Cero prejuicios. Cero malos augurios o pensamientos desastrosos. Rasgo que, como podrá comprenderse, fue poco a poco diluyéndose en una realidad enloquecida que arrasó a nuestro país.

Todos los días, ya entrada la noche, Patrulla Juvenil ensayaba, entre otras, Orgullosa María, de Creedence Clearwater Revival, Amor sin suerte, versión en español de la inconmensurable Trébol y Carmesí de Tomy James and the Shondells. Y desde luego, Cumpleaños, para que el baterista luciera.

Pero más allá de las canciones, de lo bien o mal que las hayamos interpretado; más allá de los instrumentos caseros y la voz nasal y un tanto desafinada del cantante, era mucho más lo que había en aquella diversión musical, mucho de verdad: era la nítida simplicidad de ser felices de una manera por demás trivial, juguetona y en apariencia intrascendente.

Subrayo la expresión en apariencia intrascendente, porque en efecto, nada del devenir del mundo cambió, con o sin el griterío de nuestras canciones al anochecer desde la calle Galeana cerca del canal de riego, pero mucho, todo podría decir, se forjó dentro de nosotros cuatro para siempre. Se antoja increíble, pero me gusta escribir esas dos palabras juntas: para siempre. Dice la sabiduría popular que nunca hay que decir Nunca o Para siempre. No obstante, me arriesgo a ello, porque creo en ello.

Porque desde entonces dimos cuenta de una hermandad consanguínea. Silvia, Saúl y yo hermanos de padre y madre; Gustavo, primo materno, el quinto hermano nos gustaba (gusta) decirle, contando también a Miguel Ángel, cercanos por un lazo que hasta hoy hemos tenido la suerte, sabiduría, fortuna –¡vaya uno a saber!– o lo que necesario fuera, para seguir juntos, de buenas cuando nos encontramos y salvando los escollos, por amargosos y tradicionalistas que hayan sido, que la vida o la propia muerte, nos han puesto como pruebas.

Escribo estas líneas, no con orgullo, sino con humildad. Me gusta la gente que dice lo que es con sus obras y no la que anda alardeando sus logros. Guardo mi distancia con los presos del orgullo y los pagados de sí mismos.

Después, toqué guitarra en varios grupos: La Tos, Los tres compadres, Contagio, Amistad. Hice varios ensayos y algunas incursiones con Eclipse. Actuamos en la XEW de México, con las Hermanas Tánori Alegría, todas las noches de nueve a diez, por poco más de dos meses. Luego, en años más recientes, con una Beca de PACMYC integramos el Canto Mantense Actual, con Don Toño y El Chavo, por casi diez años haciendo recitales al por mayor en la lo ancho de la ciudad y lo largo del estado, de lo cual quedó un material discográfico que todavía hoy, por ahí se suele escuchar. Además, siempre hubo un amigo que formaba parte de un grupo musical o de un trío y nunca faltó pretexto para que invitara a tocar algunas rolas con ellos.

Pero todavía hoy, cuando de pronto, por un azar benévolo, sucede que en la radio del auto escucho, en una de esas estaciones que promueven la añoranza, por ejemplo, Trébol y Carmesí, me viene una sonrisa que trae consigo los días de mil novecientos sesenta y nueve y setenta –solo hace medio siglo, sonrío– días triviales y bellos porque nosotros también éramos eso: triviales y bellos.

Voy murmurando la canción a la vez que la escucho. Me da por tararearla a murmullos. La memoria del corazón es indeleble. Pasa la noche a poca velocidad por la ventanilla del auto. Y en ella, formando una fugaz constelación en el cielo oscuro, cuatro muchachos –tres niños y una niña– de secundaria y preparatoria, con guitarras, pandero y una mochila haciendo las veces de batería, risueños y ruidosos, cantan con voz nasal y ritmo bien ensamblado, las canciones de los años que, después comprenderían, los despertaban a un sueño mayor al que se le llamaba Vida.

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