MIGUEL ÁNGEL VILLALOBOS GÓMEZ

                                                                                                            Irse es nunca volver

                                                                                                                                                                     CARLOS ACOSTA

Se inclina el sol al otro lado de mi calle. La tarde se acurruca en cada esquina de mi viejo barrio. La memoria se convierte en un torbellino que gira al desacompasado ritmo  de mi corazón.

Estoy frente a los escalones de la banqueta de “La casa blanca”, es el centro de mis recuerdos de niño, ahí descubrí el valor de la amistad, entonces no lo sabía, a la edad escasa también es escasa la importancia que le damos a lo trascendental. Frente al poste de luz de la esquina, hay dos vertientes con unos cuantos escalones donde nos sentábamos todos los de “la palomilla” a vacilar y contar cosas de la escuela, o chistes, algunas veces cantando con Javier “El Garaballo” o escuchando su voz y su guitarra cantando los éxitos de “Los Solitarios”, o planeando un partido de futbol (Los más grandes y los más chicos, todos nos teníamos que dividir en dos equipos que los más grandes escogían y, para que todos jugáramos, si “sobraba” uno, se lo quedaba el equipo que lo ganaba en un  “volado” con una ficha, por supuesto, nadie en ese tiempo traía dinero). Algunos ya no están pero aún nos grita su recuerdo.

A la izquierda, siento el murmullo del canal, ahora subterráneo, de mi infancia. Lleva aún, en su escaso caudal, algunos sueños olvidados. Cien metros al oriente, sobre ese canal, hay algo que siempre me atrae, es el camino al viejo puente de mis temores infantiles, rumbo a la tortillería de don Moi. Un poco más allá del colorido almendro, en la casa de Gil, reposa el llano que guarda el zumbido de los garaballos, abatidos por el ataque de aquellos niños olorosos a zumo de naranja, tiene aún, en las casas que ahora lo habitan, el color de las mariposas que lo adornaban aquellas tardes de otoño. El aire evapora una lágrima furtiva e involuntaria.

Volteo al otro costado, hacia arriba, en la pedregosa calle Estefanía Castañeda que se me confunde en el recuerdo con la Rosauro Zapata, deambula un joven que alguna vez buscó una vida que se le negó.  Juega a soñar, frente a la tienda de Don Gerardo, con Fredo, Toto, Pacita, La China, El pica y los que temporalmente llegaron a esa calle a compartir los días de sol. Nada es imposible, diría alguna vez, mientras corría de abajo a arriba y de arriba a abajo tras una pelota, una y otra vez, sobre la amplitud inclinada de esa calle de escombros que la lluvia deslavaba en esos días, dejando al descubierto piedras de otras edades ¿Qué nuevas piedras ha descobijado el tiempo en su joven pecho de poeta? ¿Cuánto licor ha descubierto olvidos nuevos? Sobre esa calle ocurrió un episodio que muy pocos amigos saben, acaso uno y tal vez ni lo recuerde.

Cuando cursaba el tercer año de primaria, por accidente leí unos versos en un cuaderno de mi hermana mayor y los copié, durante un  tiempo los traje conmigo mientras reunía valor para entregarlos a la niña de mis sueños y un día se los mostré a Fredo diciéndole que yo los había escrito, con una sonrisa de no recuerdo qué, me dijo: esos vienen en el libro de lecturas de cuarto año. De la vergüenza que me dio ya ni se los enseñé a la niña. Mucho tiempo después compartimos otras muchas cosas inolvidables.

Viene tras de mí el osado recuerdo de mis días de niño, vuelvo hacia ellos la mirada. A mi espalda,  hay un camino en el que, a mis cinco años, esperaba ver volver a mi madre, me asomaba angustiado sobre la alta loma un poco más allá de la esquina cuando alguien gritó: “allá viene”, entonces corrí unos cuantos pasos, desesperado ya por verla. A lo lejos, en el camino que cruzábamos sobre un terreno baldío, rumbo al seguro social, alcancé a ver unas figuras que con desesperante lentitud se acercaban. Ya habíamos recorrido ese camino otras muchas veces,  y serían bastantes más, pero en esos instantes eternos de espera se resumían todos mis temores de no volver a verla.

Por fin la distinguí bien, no recuerdo a nadie más, sobre su cabeza que cubría un gran pañuelo blanco, brillaba el sol, y en sus brazos traía al último de sus frutos, después vendrían otros dos, a éste le llamaron Julio César. Pero a mí no me importaba nada, solo que mi madre  volvía de esa, su primera ausencia, y serían, también, muchas más hasta llegar a la última y su eterna permanencia en el fondo de mi pecho.

Estoy frente a la casa de lámina de cartón que habité en mis primeros años sobre esta tierra, en el viejo barrio de mis recuerdos. Se desvanecen en el tiempo (En mi actual encrucijada, hoy precisamente que llegamos a los diecisiete en el escribir de mi otra vida, debo tomar una gran e importante decisión, miro hacia atrás, vuelvo la vista hacia adelante, solo debo vivir). De alguna manera permanecen bajo algunas sombras.

De alguna manera, aunque no seamos los mismos, permanecen en las sombras de lo que fuimos. Irse es nunca volver, mi barrio viejo no es el mismo ni yo lo miro igual. No son mis ojos, ni esta lluvia en ellos, quienes me hacen sentirlo así, son las tardes acurrucadas en cada esquina de mi viejo barrio y es este sol más viejo, que se inclina al otro lado de mi calle.

 

 

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